Uno de cada tres niños y adolescentes en el mundo tiene miopía. Para 2050, se estima que el 40% de la población infantil podría padecerla. Especialistas del Hospital Italiano de Buenos Aires explican las causas, los controles necesarios y las estrategias para enlentecer su progresión.
La miopía es una alteración en la refracción del ojo que provoca que los objetos lejanos se perciban borrosos, debido a que las imágenes se enfocan por delante de la retina en lugar de sobre ella. Actualmente, aproximadamente uno de cada tres niños y adolescentes en el mundo tiene miopía, y se proyecta que para 2050 haya cerca de 740 millones de niños y adolescentes con esta condición, lo que representaría cerca del 40% de la población infantil mundial.
El tema ha dejado de ser solo un problema de necesidad de anteojos para convertirse en un desafío de salud pública. Se requiere un cambio importante para cuidar la salud ocular de los niños, que involucra a padres, educadores, pediatras y oftalmólogos.
La miopía se produce por un crecimiento del globo ocular, con un eje anteroposterior más largo de lo normal. El crecimiento del ojo está mediado por señales visuales que recibe la retina, como el desenfoque retinal y los niveles de contraste. Es frecuente que los niños y adolescentes con miopía tengan algún antecedente familiar, pero en la actualidad se agregan la disminución de las horas de exposición a la luz solar y el uso precoz de la visión cercana con dispositivos electrónicos, debido a cambios culturales en sociedades más desarrolladas.
El proceso es progresivo durante la infancia y la adolescencia y puede aumentar hasta la segunda década de la vida. Este aumento significativo en la longitud del ojo y la graduación se asocia con un mayor riesgo de desarrollar patologías oculares graves en la edad adulta, como desprendimiento de retina y maculopatía.
Los controles oftalmológicos en la infancia son fundamentales, ya que es frecuente que los niños pequeños con miopía no se quejen de su visión borrosa. Por ello, es importante realizar exámenes oculares y pruebas de visión para detectarla lo antes posible e implementar estrategias para enlentecer su progresión. Un gran primer paso es alentar a los niños a pasar más tiempo al aire libre, ya que la luz solar regula el crecimiento ocular.
Para enlentecer la progresión, actualmente se dispone de estrategias como el uso de colirio de atropina en dosis bajas por la noche y el uso de anteojos especiales con desenfoque periférico. Estas indicaciones pueden frenar la progresión en un 55% a 60%. Otras recomendaciones incluyen: que los niños pasen dos horas al día en el exterior, administrar el uso de pantallas según la edad, evitar que acerquen los dispositivos a menos de 30 cm, y realizar controles oftalmológicos tempranos. A los educadores se les sugiere promover pausas visuales al aire libre, alternar tareas de lectura con propuestas dinámicas y observar a estudiantes con dificultad para distinguir el pizarrón. A los pediatras, derivar a controles oftalmológicos oportunos, evaluar factores de riesgo como antecedentes familiares y uso de pantallas, y acompañar el tratamiento con colirio de atropina.
Detectar a tiempo y cambiar hábitos simples en la infancia puede evitar problemas visuales más graves en el futuro.
Por la oftalmóloga Celia María Sánchez, jefa de la Sección Oftalmopediatría del Servicio de Oftalmología del Hospital Italiano de Buenos Aires.
