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La vida después del abismo: veinte crónicas de los que regresaron del horror de la dictadura

El 24 de marzo de 1976 el reloj de la democracia argentina se detuvo bajo el peso de las botas militares. Se inició entonces un proceso sistemático de exterminio que convirtió al Estado en una maquinaria de desaparición, tortura y muerte. El silencio se impuso por la fuerza en cada rincón del país, mientras miles de ciudadanos eran arrancados de sus hogares para ser conducidos a la oscuridad de centros clandestinos de detención.

Hoy, al cumplirse medio siglo de aquel quiebre institucional, las heridas siguen abiertas pero las voces de quienes regresaron del abismo resuenan con una potencia inusitada. Estos hombres y mujeres no solo sobrevivieron al tormento físico y psicológico, sino que asumieron el compromiso de relatar lo inenarrable. Sus testimonios fueron, y siguen siendo, la piedra angular para reconstruir la verdad histórica en los tribunales de justicia.

Adolfo Pérez Esquivel: el Nobel que sobrevivió a un «vuelo de la muerte»

El referente del SERPAJ fue secuestrado en 1977 y trasladado a la Unidad 9 de La Plata. Durante su cautiverio, fue subido a un avión en lo que claramente era un «vuelo de la muerte». Sin embargo, una orden de último momento —presuntamente por la presión internacional que generaba su figura— evitó que fuera arrojado al mar, manteniéndolo en un «vuelo de espera» de varias horas antes de aterrizar.

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Sobre aquel momento límite, Pérez Esquivel recordó en su testimonio en el Juicio a las Juntas: «Estuve en un vuelo de la muerte. Estuvimos volando mucho tiempo y yo sabía que a los que subían a esos aviones no los volvían a ver». Su liberación posterior y la obtención del Premio Nobel de la Paz en 1980 fueron golpes devastadores para la imagen internacional de la dictadura argentina.

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Geneviève Jeanningros: la sobrina de la monja francesa desaparecida

Geneviève fue secuestrada en 1977 y llevada a la Comisaría 4ta de Avellaneda. Es sobrina de Léonie Duquet, una de las monjas francesas secuestradas en la Iglesia de la Santa Cruz por el grupo de tareas de la ESMA. Geneviève sobrevivió a condiciones de hacinamiento y tortura, llevando consigo el peso de ser testigo del ensañamiento militar contra los sectores religiosos vinculados a la asistencia social.

En sus declaraciones, Geneviève sostuvo: «En la celda escuchaba los gritos de otros y solo podía rezar, aunque ellos decían que Dios estaba de su lado». Su testimonio fue fundamental para la justicia francesa y argentina al reconstruir el itinerario del grupo de tareas que secuestró a las monjas y a las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.

Juan Gelman: el poeta que buscó a su nieta desde el cautiverio de sus hijos

Si bien Juan Gelman estaba en el exilio, su historia de supervivencia es la de la persistencia frente al desgarro familiar. Su hijo Marcelo y su nuera María Claudia (embarazada) fueron secuestrados y llevados a «Automotores Orletti». Gelman dedicó décadas a investigar el rastro de su nieta nacida en cautiverio, enfrentando la negativa sistemática de los estados argentino y uruguayo durante la vigencia de las leyes de impunidad.

Gelman escribió en su famosa carta abierta a los comandantes: «En algún lugar debe estar mi nieta, con su identidad robada, pero con nuestra sangre». Finalmente, en el año 2000, encontró a su nieta Macarena en Uruguay, confirmando que ella nació en el Hospital Militar de Montevideo tras el traslado ilegal de su madre en el marco del Plan Cóndor.

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Miguel Ángel Estrella: el pianista al que quisieron romperle las manos

El prestigioso pianista tucumano fue secuestrado en Uruguay en 1977 como parte del Plan Cóndor y trasladado al penal de Libertad. Los torturadores se ensañaron con sus manos, aplicándole descargas eléctricas y golpes, mientras le decían que nunca volvería a tocar. La presión de artistas internacionales, encabezada por Yehudi Menuhin, fue clave para que no fuera asesinado en la oscuridad de las cárceles uruguayas.

Estrella relató con crudeza: «Me decían: ‘A vos te vamos a cortar las manos porque sos un pianista zurdo’. Querían destruir mi capacidad de crear». Tras su liberación, dedicó su carrera a la defensa de los derechos humanos y a llevar la música a los sectores más desprotegidos a través de la organización Música Esperanza.

Mercedes Carazo: la sobreviviente que enfrentó el síndrome de Estocolmo forzado

Mercedes Carazo fue secuestrada y llevada a la ESMA en 1976. Su caso es emblemático por la perversión del sistema de «recuperación» que aplicaba la Armada. Fue obligada a trabajar para sus captores y a mantener una relación forzada con uno de los oficiales, en un intento de los represores por demostrar que podían «convertir» a los militantes en colaboradores mediante la presión psicológica extrema.

Carazo explicó ante la justicia: «La sobrevivencia en la ESMA no era una elección libre, era una negociación diaria con el horror donde te quitaban hasta la noción de quién eras». Su relato permitió comprender las capas más profundas y psicológicas de la tortura, que buscaba la desintegración total de la personalidad del detenido antes de su eliminación física o liberación.

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Silvia Labayru: parir entre marinos y ser obligada a infiltrarse

Silvia Labayru fue secuestrada en 1976 cuando estaba embarazada. Dio a luz en la ESMA, en una habitación custodiada por oficiales que luego le arrebataron a su hija para entregarla a su familia, un «privilegio» raro en ese contexto. Posteriormente, fue obligada por el marino Alfredo Astiz a acompañarlo en operativos de infiltración, haciéndose pasar por su hermana para engañar a las Madres de Plaza de Mayo.

En el juicio, Labayru detalló la frialdad de los represores: «Astiz me usaba como escudo y como rostro familiar para generar confianza en las Madres mientras él marcaba a quiénes secuestrar». Su testimonio fue vital para condenar a Astiz por la desaparición del grupo de la Santa Cruz, exponiendo la metodología de infiltración y engaño de la Armada.

Daniel Tarnopolsky: el único sobreviviente de una familia desaparecida

Daniel sobrevivió porque el día que los militares asaltaron su casa, él no se encontraba allí. Sin embargo, su padre, su madre, sus dos hermanos y su cuñada fueron secuestrados y desaparecidos. Daniel pasó de ser un joven estudiante a ser el único encargado de reclamar por toda su familia, enfrentando la soledad absoluta de un hogar devastado por el terrorismo de Estado en apenas 24 horas.

Tarnopolsky declaró: «Yo soy el resto de una familia que fue borrada del mapa por el solo hecho de pensar». Su lucha judicial logró que, por primera vez, la justicia civil argentina condenara a los ex comandantes a indemnizar económicamente a las víctimas, marcando un precedente sobre la responsabilidad pecuniaria del Estado y los represores.

Jorge Julio López: el testigo que desapareció dos veces

Jorge Julio López sobrevivió a la dictadura tras ser secuestrado en 1976 y pasar por varios centros clandestinos del «Circuito Camps». Su testimonio en 2006 fue fundamental para condenar al represor Miguel Etchecolatz. Sin embargo, el día de los alegatos de la sentencia, López desapareció por segunda vez en plena democracia, convirtiéndose en un símbolo de las deudas pendientes del sistema de seguridad.

En su declaración de 2006, López describió con precisión quirúrgica: «Etchecolatz dirigía personalmente las sesiones de picana; él quería ver cómo nos quebrábamos». Su segunda desaparición conmocionó al país y recordó que las estructuras residuales de la dictadura aún mantenían capacidad de daño años después del regreso democrático.

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Pilar Calveiro: la intelectual que analizó el campo de concentración desde adentro

Pilar Calveiro, politóloga, fue secuestrada en 1977 y pasó por la ESMA, la Quinta de Funes y el centro de detención de Rosario. Su supervivencia no solo fue física, sino intelectual: utilizó su experiencia para escribir uno de los análisis más profundos sobre la lógica de los centros clandestinos. Su mirada permitió entender el «campo» no como un exceso, sino como una pieza central de la reorganización social argentina.

En su obra Poder y desaparición, Calveiro señala: «El desaparecido es el lugar de un silencio que el Estado produce para aterrorizar al resto de la sociedad». Su testimonio en los juicios aportó una dimensión estructural para comprender cómo funcionaba la red de centros clandestinos como un sistema integrado de control social y político.

Caso de supervivencia en «La Perla»: la historia de Piero Di Monti

Piero Di Monti sobrevivió al campo de concentración «La Perla» en Córdoba, dirigido por Luciano Benjamín Menéndez. En este centro, conocido como «la universidad de la tortura», Di Monti fue testigo de los fusilamientos masivos que se realizaban en los campos aledaños. Logró sobrevivir debido a que fue seleccionado para realizar tareas de mantenimiento, lo que le permitió observar el movimiento de los camiones que trasladaban a los detenidos hacia su destino final.

Di Monti declaró ante la justicia cordobesa: «En La Perla, el silencio solo se interrumpía por los motores de los camiones y los disparos a lo lejos. Sabíamos que cada vez que un motor arrancaba, alguien dejaba de existir». Su memoria sobre los nombres de sus compañeros y la disposición física del predio fue crucial para la identificación de las fosas comunes encontradas años más tarde.

Adriana Calvo de Laborde: dar a luz en un patrullero

La física Adriana Calvo fue secuestrada en febrero de 1977 con un embarazo avanzado. Su paso por el Pozo de Banfield quedó marcado por el momento en que entró en trabajo de parto mientras la trasladaban vendada y maniatada. A pesar de sus gritos, los guardias se burlaron de ella. Su hija, Teresa, nació en el asiento trasero de un patrullero, cayendo al piso del vehículo ante la indiferencia de sus captores, quienes se negaron a cortar el cordón umbilical.

En el Juicio a las Juntas de 1985, su testimonio resultó demoledor. Calvo relató: «Tenía los ojos vendados y las manos atadas atrás. Mi hija nació, se cayó del asiento y quedó colgando del cordón. Yo gritaba y ellos se reían». Su valentía para denunciar que el sistema represivo no tuvo piedad ni con los recién nacidos fue fundamental para visibilizar el robo de bebés y las condiciones infrahumanas de cautiverio.

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Pablo Díaz: el único sobreviviente de «La Noche de los Lápices»

A los 18 años, Pablo Díaz fue secuestrado en La Plata durante un operativo contra estudiantes secundarios que reclamaban el boleto estudiantil. Fue trasladado al centro clandestino de Arana y luego al Pozo de Banfield. Allí compartió cautiverio con sus compañeros de militancia, quienes continúan desaparecidos. Díaz sufrió simulacros de fusilamiento y descargas eléctricas constantes mientras los represores intentaban quebrar su voluntad juvenil.

Su relato permitió al mundo conocer el destino de los adolescentes platenses. Durante su declaración judicial, expresó: «Nosotros éramos los chicos de los lápices que seguían escribiendo. Nos querían sacar la identidad, pero no pudieron con nuestros sueños». Pablo dedicó su vida a mantener vivo el nombre de sus amigos, convirtiéndose en un símbolo de la lucha de una generación que fue diezmada por el terrorismo estatal.

Miriam Lewin: el horror en la ESMA y el traslado en avión

La periodista Miriam Lewin sobrevivió al centro de detención Virrey Cevallos y a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los lugares más atroces de la dictadura. Allí vio cómo sus compañeros eran seleccionados para los «vuelos de la muerte». Lewin fue obligada a realizar trabajo esclavo dentro del predio, monitoreando prensa internacional, bajo la vigilancia constante de oficiales que alternaban la tortura con una perversa cotidianeidad.

Sobre la manipulación psicológica, Lewin detalló en su libro Ese Infierno: «En la ESMA la muerte era algo que caminaba con nosotros todo el tiempo. Nos hacían creer que estábamos vivos por su generosidad» (Ese Infierno, Editorial Sudamericana, 2001). Su memoria fotográfica y su capacidad de análisis permitieron identificar a numerosos represores que actuaron bajo pseudónimos, aportando pruebas clave en las megacausas que juzgaron los crímenes navales décadas después.

Víctor Basterra: las fotos prohibidas que vencieron al silencio

Víctor Basterra fue secuestrado en 1979 y llevado a la ESMA por su labor como obrero gráfico. Los marinos lo utilizaron para falsificar documentos y carnets de identidad para los represores. Arriesgando su vida en cada jornada, Basterra comenzó a ocultar copias de las fotografías de los detenidos y de los propios victimarios dentro de sus ropas o entre los papeles del taller, esperando el momento en que pudiera sacarlas del centro clandestino.

Al finalizar la dictadura, entregó un archivo fotográfico que fue crucial para identificar a los genocidas. Ante la justicia, afirmó en 1984: «Saqué las fotos porque quería que alguien supiera que estuvimos ahí, que no éramos fantasmas». Sus imágenes se transformaron en una prueba irrefutable de la existencia del plan sistemático de desaparición, rompiendo el pacto de impunidad que los militares intentaron sellar tras el regreso democrático.

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Miguel D’Agostino: el médico que asistió partos en cautiverio

Miguel D’Agostino, odontólogo y militante, fue secuestrado y trasladado a «El Vesubio». Debido a su formación en salud, los guardias lo obligaron a asistir a otros detenidos que llegaban destrozados por la tortura. En medio de la precariedad absoluta y el olor a sangre, D’Agostino intentó brindar un mínimo de humanidad a quienes compartían sus celdas, convirtiéndose en testigo involuntario de la agonía de muchos que nunca regresaron.

Su testimonio brindó detalles sobre la jerarquía de mando en «El Vesubio». Recordó ante los jueces: «Lo más difícil no era el dolor propio, sino escuchar los gritos de los demás y no poder hacer nada más que limpiarles las heridas con un trapo» (Causa Vesubio, Tribunal Oral Federal N° 4). Su relato técnico y humano permitió reconstruir la disposición del centro y la identidad de varios guardias que operaban con total impunidad en la zona de La Tablada.

Graciela Daleo: la mujer que fue llevada a cenar por sus torturadores

Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, vivió una de las experiencias más cínicas del aparato represivo: ser obligada por sus secuestradores a salir a cenar a un restaurante de lujo mientras legalmente figuraba como desaparecida. Esta táctica de «recuperación» buscaba quebrar moralmente a los detenidos, mostrándoles una normalidad ficticia mientras sus compañeros morían en el sótano del Casino de Oficiales.

En el Juicio a las Juntas, Daleo describió esa sensación de alienación absoluta: «Sentada en ese restaurante, yo no era una persona, era un trofeo de guerra que ellos exhibían para demostrar su poder total sobre nuestras vidas». Tras su liberación, se convirtió en una activa militante por los derechos humanos, rechazando cualquier intento de reconciliación que no incluyera el juicio y castigo efectivo a todos los responsables del genocidio.

Mario Villani: el físico que reparaba los instrumentos de tortura

Mario Villani pasó casi cuatro años en distintos centros clandestinos, incluyendo el Club Atlético y El Banco. Debido a sus conocimientos técnicos, fue forzado por los militares a reparar los elementos utilizados para las sesiones de tormento, como las picanas eléctricas. Esta situación lo sumergió en un dilema ético devastador, donde su supervivencia dependía de mantener operativa la herramienta que causaba dolor a otros.

Villani logró sabotear los equipos para que el voltaje fuera menor, arriesgándose a ser descubierto. En su testimonio relató: «Me obligaron a arreglar la picana. Yo la arreglaba, pero le ponía una resistencia para que doliera menos, aunque el guardia no se diera cuenta» (Desaparecido: Memorias de cautiverio, Editorial Planeta). Su historia refleja la complejidad moral y la perversión extrema a la que fueron sometidos los detenidos.

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Lidia Papaleo de Graiver: el despojo de Papel Prensa bajo tortura

Lidia Papaleo, viuda del empresario David Graiver, fue secuestrada en 1977 con el objetivo de obligarla a ceder las acciones de la empresa Papel Prensa a los diarios Clarín, La Nación y La Razón. Durante su cautiverio en el Puesto Vasco, sufrió vejaciones físicas y psicológicas extremas por parte de las fuerzas de seguridad, quienes buscaban despojarla de sus bienes económicos bajo la supervisión directa de altos mandos militares.

Su caso demostró la complicidad civil y empresarial con la dictadura. Papaleo declaró años después: «Me torturaban para que firmara. Me decían que si no lo hacía, mi hija no viviría para contarlo» Su testimonio fue fundamental para entender que el golpe no solo tuvo objetivos ideológicos, sino también un trasfondo económico que benefició a sectores concentrados del poder mediático argentino.

Ana María Careaga: secuestrada a los 16 años y el coraje de su madre

Ana María Careaga era apenas una adolescente cuando fue llevada al centro clandestino «Club Atlético». Estaba embarazada y sufrió torturas diarias durante meses. Su madre, Esther Ballestrino de Careaga, fue una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo y buscó a su hija incansablemente hasta que Ana fue liberada y enviada al exilio. Poco después, Esther fue secuestrada por la Marina tras la infiltración de Alfredo Astiz y desapareció.

Ana María regresó al país para dar testimonio por ambas. En el juicio por el circuito Atlético-Banco-Olimpo afirmó: «La tortura no terminaba cuando salías de la sala; se quedaba con vos en la celda, en el miedo a que volvieran a abrir la puerta». Su vida es un puente entre el horror sufrido por los sobrevivientes y la lucha incansable de las Madres que entregaron su vida reclamando la aparición con vida de sus hijos.

Claudio Tamburrini: la fuga cinematográfica de la Mansión Seré

Claudio Tamburrini era arquero de fútbol y estudiante de filosofía cuando fue secuestrado y llevado a la Mansión Seré, en Morón. Tras meses de tortura, protagonizó junto a otros tres compañeros una de las fugas más increíbles de la dictadura. En una noche de tormenta, utilizando sábanas anudadas, se descolgaron desde una ventana del primer piso y corrieron desnudos y heridos por las calles de Buenos Aires hasta lograr ponerse a salvo.

Su escape forzó el cierre de ese centro clandestino de detención. Tamburrini relató sobre aquel instante de libertad: «Cuando mis pies tocaron el pasto húmedo fuera de la mansión, supe que el plan de los militares de hacernos desaparecer había fracasado» (Pase libre: la fuga de la Mansión Seré, 2002). Su historia, llevada al cine, permanece como un símbolo de la voluntad de vida que logró perforar los muros del sistema represivo más sangriento de la región.

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