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Parece una predicción de Nostradamus, pero fue una medida gubernamental citada en el censo poblacional de 1887: “En la parte noroeste del territorio de la capital, en los terrenos conocidos por la ‘Chacarita de los colegiales’, se ha decretado la formación de un gran parque, cuya superficie no bajará de 150 hectáreas… Porque, si bien hoy está situado en una zona relativamente despoblada, es hacia este rumbo que se extiende con predilección la capital”. ¡Y se cumplió!
En tanto que, en 2009, un estudio econométrico de la Universidad de La Plata (La calidad de vida en los barrios de Buenos Aires: estimaciones hedónicas de la valuación de los amenities urbanos y su distribución espacial), publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), midió con varios parámetros la calidad de vida de la gente y determinó que el mejor de los 48 barrios porteños es… ¡Colegiales! Dos datos de distintos tiempos que exponen una certidumbre presente.
Si es un día hábil o feriado, es casi lo mismo. La tranquilidad y la actividad de su gente son similares; exceptuando algunos tramos de ciertas arterias específicas o comerciales, como las avenidas Lacroze y Cabildo. Una acuarela de este distrito debería contener casas bajas de uno o dos pisos y quizás jardines, detalles de casonas de Elcano y Avenida de los Incas, así como también calles que conservan sus adoquines redondeados a la sombra de los árboles, y plazas, paseos y plazoletas matizados por coloridos murales y grafitis que adornan paredes y frentes.
Y no es que le falte dinámica. Aquí hay productoras audiovisuales de cine y televisión, medios de comunicación, talleres artísticos, lindos cafés, bares, heladerías y una privilegiada vida nocturna con restaurantes, vinerías y birrerías que se pusieron de moda. Razones suficientes para que muchas parejas jóvenes busquen su hogar, ya sea para alquilar, o –si pueden– para comprar algún PH, reciclar una vieja casona o un departamento.
Uno de los motivos de esta tendencia se da porque los circuitos vecinos, Belgrano y Palermo, viven un urbanismo recargado donde cuesta hallar una mesa para cenar, estacionar o transitar… y rentar un inmueble es más cuesta arriba. En cambio, todo pinta más sencillo en Colegiales, que se posiciona a un ritmo más tranquilo y con atracciones de placer, como las tentaciones para el paladar que brinda la calle Freire, muy top.
En cuanto a la identidad, el escudo barrial que puede verse en el frente de la Parroquia San Pablo Apóstol contiene, además del águila negra coronada, de cuando Juan de Garay fundó la ciudad en 1580, tres puntos turísticos: la clásica estación del Mitre, el ex molino harinero Minetti y el ex Patronato Español.
El emblema presenta también un libro y una pluma para recordar al escritor Miguel Cané, quien, en su novela Juvenilia (1884), contó las vivencias vacacionales de los estudiantes del Real Colegio San Carlos (luego Nacional Buenos Aires) en la entonces llamada “Chacarita de los Colegiales”, punto de partida de ambos barrios. Se tomó como fecha fundacional simbólica el 21 de septiembre de 1863, año en que Cané entró al Colegio como alumno.
En el pasado, este territorio había sido una jurisdicción de 2.700 hectáreas (hoy Villa Ortúzar, Colegiales y Chacarita), perteneciente a la orden religiosa Compañía de Jesús, que le otorgó en 1608 el gobernador de Buenos Aires, Hernandarias. La propiedad cesó en 1767, cuando los jesuitas fueron expulsados de España y sus colonias. Las tierras volvieron a manos de la Corona, creció el arribo de colonos y, luego, de inmigrantes. El Estado les brindó predios para cultivo en huertas o quintas a principios del siglo XX.
Una cierta preponderancia de calabreses en una barriada delimitada entre las calles Cramer, Zabala, Conde y Elcano implicó que se la nombrara como “La Calabria”, con lo cual en las callejuelas resonaba el dialecto de sus habitantes, ya fuera en los puestos de frutas y verduras o en las fiestas de carnaval con tarantelas, murgas y comparsas. Muy laboriosos, y con hombres sabedores de la albañilería, rápidamente levantaban paredes y techos para sus hogares.
Una presencia lejana de ese pasado perdura en Conde 1345, sede de la Asociación Italiana de Socorros Mutuos “Savellese”, fundada en 1928, que agrupa a los oriundos del municipio de Savelli, en la provincia calabresa de Crotona, donde se realizan eventos sociales y asambleas.
El correr del tiempo y las disposiciones catastrales hicieron que la demarcación fijara el perímetro de Colegiales con la avenida Álvarez Thomas, Forest hasta Avenida de los Incas, continuando en Virrey del Pino hasta Cabildo, luego Jorge Newbery hasta llegar a Cramer y, finalmente, por avenida Dorrego hasta juntarse con Álvarez Thomas, dentro de la Comuna 13 (junto con Belgrano y Núñez). Son 2,29 km2 con numerosas áreas verdes que incluyen sectores deportivos, zonas aeróbicas, juegos, mesas de ping-pong, pistas de patinaje… y donde las más renombradas son las plazas Mafalda y Clemente.
Como ha ocurrido en todo el país, la llegada del ferrocarril fue motor del avance de Colegiales a partir de 1898 y resultó icónico el puente peatonal elevado clásico de la época, además de un parque y galpones con material ferroviario. Asimismo, el trazado de las vías divide el barrio en dos, por lo que son importantes el puente peatonal Zabala (1991) y el conocido como puente Ciudad de la Paz (Concejal Pedro Bustos), que fue reinaugurado en marzo tras dos años clausurado, aunque se rumorea que piensan desmantelarlo para sustituirlo por una estructura que soporte camiones. Los vecinos rechazan que destruyan ese símbolo de acero remachado, estilo inglés, que existe desde 1919 y que emplazó la Compañía de Tranvías Lacroze.
También es patrimonio el conjunto de los Silos de Dorrego. La realización en 1992 del evento de decoración Casa FOA tuvo un capítulo histórico, porque se desplegó dentro de los lofts de avenida Dorrego 1900, estructura que empleó la firma IRSA para implantar este moderno estilo de hábitat en el viejo molino harinero Minetti, una formidable fábrica de 1922 con cinco pisos de gruesas paredes y dos grupos de silos que se remodelaron acorde con los lineamientos del arquitecto catalán Ricardo Bofill. Los trabajos estuvieron a cargo de los estudios Dujovne-Hirsch, Juan Carlos López y Asociados, y Manteola, Sánchez Gómez, Santos y Solsona. Las unidades oscilan entre los 60 y 90 m2 y cuentan con áreas de jardines, piscina, gimnasio, servicios gastronómicos, estacionamiento.
Como lo marca el escudo, el ex Patronato Español, fundado en 1912 para dar cobijo a cientos de mujeres de la península que llegaban solas y sin recursos, es otra de las edificaciones significativas. Un tercio de manzana sobre la avenida Lacroze es el resultado de una serie de seis adquisiciones (tres casas y tres terrenos) y modificaciones concluidas en 1938, donde desarrolla su labor educativa primaria y secundaria el Instituto Español Virgen del Pilar.
En tanto –aunque está ausente en el escudo–, la vida religiosa tiene desde hace 120 años como enclave el Monasterio del Santísimo Corpus Christi y San Juan de la Cruz, en Amenábar 464, cuyo terreno fue donado en 1899 por un señor llamado Bartolomé Churruca. Alrededor sólo había campo. Es conducido por la Congregación de las Carmelitas Descalzas, una orden mendicante que se sostiene con la limosna de los feligreses y el trabajo. Muestra de ello es que venden artesanías y producen exquisitas mermeladas y dulce de leche.
A propósito de cultos, en el barrio vale citar la Parroquia San Pablo Apóstol (Álvarez Thomas 795), de 1945, en lo que fue un baldío donde solía asentarse un circo y hubo un corralón de maderas; la Iglesia Evangélica Metodista de la Congregación del Buen Pastor (frente al ex Patronato Español) y el sorprendente Templo Islámico Tekkia Sufí (Teodoro García 2851) con su original fachada y construido con materiales decorativos del extranjero.
A comienzos del siglo pasado se instalaron mercados concentradores de frutas y verduras y fue con ese propósito que, en 1928, surgió el Mercado de Dorrego, de cuatro manzanas, en espacios que habían sido del ferrocarril, entre las arterias Álvarez Thomas, Dorrego, Concepción Arenal y Zapiola, y existió hasta 1983. Después de tener varios destinos y funciones, un sector se convirtió en el encantador y entretenido Mercado de las Pulgas.
Hoy es un atractivo constante para turistas, vecinos y foráneos, que van a ver o comprar lo más insólito y lo más común, porque es un universo de productos y artefactos con buenas instalaciones y prolijos: muebles de todo tipo y tamaño, discos de vinilo, indumentaria, arañas de iluminación, carteles, artesanías, vajilla, adornos, bronces, joyas, porcelanas, sombreros, alfombras… y también obras de arte y cuadros. En este sentido, un encanto diferente es el taller de artes plásticas de Claudio Giannini, quien, con su talento y simpatía, ofrece talleres y suma a los paseantes que deseen experimentar pintando obras espontáneas, lúdicas, colaborativas, además de crear diseños para pintar en remeras. El local tiene también el aporte estético de su hijo Pedro. “Nos visita gente de todo el mundo y compran arte, así como vendemos a galerías del exterior; con la diferencia de que aquí adquieren a precios más accesibles. Nos ocupamos de producir y difundir y sumamos la participación del público. Esto es para nosotros muy valioso”, comentó Claudio mientras creaba un trabajo con su alumna Cindi Hernandorena, productora de moda, acróbata y bailarina.
Asimismo, uno de los itinerarios turísticos es ver desde afuera el Pasaje General Paz, que en 1925 era pasante entre las calles Ciudad de La Paz y Zapata al 500, a cielo abierto, pero que desde hace unos años tiene portones de rejas para proteger la vida de los habitantes de esta vivienda colectiva que edificó el ingeniero Pedro Vinent (autor del proyecto del Barrio Inglés de Caballito).
El inmueble, de 25 metros de frente, está dividido en dos partes con 57 departamentos distribuidos en cuatro niveles –que se comunican por puentes– y dos locales por Ciudad de la Paz; uno de ellos, el elegante restaurante de cocina de autor Pipí-Cucú, con una muy refinada decoración acorde y una carta tentadora.
Entre los lugares convocantes de los lugareños está el Club Deportivo y Social Colegiales, en Teodoro García 2860, nacido hace 98 años. Cuenta con espacios institucionales y un estadio para su principal disciplina: el básquetbol. Dispone también de un restaurante buffet.
Otro destacable es el Centro Montañés-Casa de Cantabria (Jorge Newbery 2818), que desde 1934 nuclea a los inmigrantes y descendientes de esa colectividad española con sus cuestiones típicas, como la pelota paleta, talleres, danzas y folclore. Allí se luce su restaurante Montañeses, con platos tradicionales con frutos de mar, como la prodigiosa paella con arroz de Calasparra.
En lo cultural, es importante la Biblioteca Popular Fundación Biró, que homenajea al afamado inventor del bolígrafo. Creada por su hija Mariana, es una moderna construcción junto al Parque Lineal Cramer. “Vienen familias con sus chicos como parte de paseos y aprovechan la sala de lectura o se llevan libros en calidad de préstamo si son socios. Concurren también alumnos y realizamos encuentros de lectura o visitas de autores”, comentó la bibliotecaria Cecilia.
En esta misma línea son valoradas las presentaciones de libros, charlas, lecturas y talleres de escritura de la Librería Biblos, que también edita bajo el sello “La isla de la luna”. “Siempre estuve ligado a la Facultad de Filosofía y Letras; pero tras la pandemia mudé la librería a Colegiales, cerca de casa. Desde entonces, es un punto de encuentro de escritores, artistas plásticos, actores y músicos que comparten nuestras presentaciones con los vecinos y amigos”, expresó Miguel D’Amato, licenciado en Letras.
Al caminar las calles, uno nota el interés de los porteños y del mercado inmobiliario. Es común ver que se reciclan casas, pero también se construyen nuevas de baja altura y se informan propuestas de propiedad horizontal. Aunque el proyecto que más llama la atención ocupará el antiguo predio ferial El Dorrego, en la avenida homónima, con fondo en Concepción Arenal y laterales a Freire y Zapiola, que estuvo abandonado durante años.
Se trata de Dorrego Plaza, un imponente desarrollo arquitectónico que estará concluido en 2028 y contendrá departamentos, oficinas, un hotel, locales comerciales, polo gastronómico, estacionamiento, un canal de televisión… y una plaza pública de 7.000 m2 con vegetación nativa, sombra natural, arte público, accesibilidad universal, espacios recreativos verdes y mobiliario ergonómico. Además, habrá un foro para eventos, charlas, música en vivo y/o proyecciones audiovisuales al aire libre, e incluso un lugar de trabajo informal, con conectividad, sombra y mobiliario adecuado.
Muy próxima habrá también otra área verde donde está la playa de estacionamiento detrás del Mercado de las Pulgas. Tendrá 2.100 m2, se implantarán 50 árboles –jacarandás, fresnos–, pérgolas para superficies de sombra vegetada y la instalación de 37 luminarias led. Estas obras, a cargo del Gobierno de la Ciudad, estarán terminadas en marzo de 2026.
Lo que fue una tendencia ya es un hábito. Cada vez más, el plan de muchos es ir a comer o beber a tal o cual lugar; ya no funciona tanto el azar o la cercanía, ahora se prioriza la experiencia culinaria.
Entre una quincena de alternativas para saborear cervezas, muchos conocedores saben dónde acodarse por su elaboración propia y el ambiente reinante: Strange Brewing. En Delgado, casi Lacroze, abrió en septiembre de 2017 con una propuesta gastronómica innovadora. “Tenemos nuestra fábrica integrada al bar original y el nombre tiene que ver con la idea de ofrecer opciones que al principio podían parecer ‘extrañas’ para un público no especializado: cervezas ácidas con frutas tropicales, estilos lupulados con perfiles cítricos o florales, o cervezas de guarda blendeadas con vino, por nombrar algunos ejemplos”, contó Patricio Torres Díaz, el manager.
Un aspecto distintivo es la imagen de un mapache. “Utilizarlo como una suerte de mascota oficial tiene su origen en la formación académica de dos de los socios fundadores en Estados Unidos, donde les divertía observar cómo, en el campus universitario, los mapaches se acercaban de manera pícara o traviesa a los estudiantes”, explicó Patricio.
Mientras que, en cuestión de vinos, uno de los sitios clave, estratégicamente ubicado en la transitada Freire, es Helka Wine Bar, nombre que honra a una rusa que, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, fue pareja del abuelo polaco de Martín Szumski, uno de los dueños del lugar, junto con Andy Cortés. “En honor a ese amor es que se nombra así a nuestro bar. A partir de ahí, orgánicamente todo se construyó de una manera muy sencilla, ya que la historia era tan fuerte que fue guía para determinar la impronta de la marca, la estética, la elección de una casa como locación, la decoración ambientada en aquellos años y el tipo de servicio”, contaron los emprendedores.
“Nos gusta definir nuestra propuesta como un menú de tapas, inspirado en las comidas de nuestros abuelos, con un toque de sofisticación dado por ingredientes actuales. Buscamos originalidad, pero sin alejarnos del paladar cotidiano. Y le sumamos otro gran diferencial: bingo musical, tarot, arte, trivias, juegos de mesa…”, agregaron.
A la vuelta, por la calle Zabala, está Lateral Vinos, para el sencillo ejercicio de probar un buen varietal en copa, llevarse una botella de la vinoteca o disfrutar una cata y escuchar buena música picando unos quesos.
Justo en esa esquina se toma un exquisito helado artesanal en Nausicaä (por el film de animación del japonés Hayao Miyazaki de 1984). “Quería darle una impronta japonesa con gustos particulares como hibiscus con arándanos, mascarpone de maracuyá, limón con menta y jengibre, lavanda con arándanos y otros sabores originales. Además, fusionamos el helado con el arte. Cada dos meses convocamos a artistas emergentes para realizar muestras y su obra aparece en las etiquetas de nuestros helados durante el tiempo que dure la muestra”, afirmó Rocío Schiavoni.
En cuestión de pizzas, una de las alternativas es Totti Pinsa di Roma, en Jorge Newbery al 3000, en una esquina tipo pueblito italiano, donde el chef Enzo Donati es el autor de la pinsa, que varía de la pizza común por el tipo de masa, la forma y el proceso de elaboración, con versiones pomodoro, marinara, funghi, calabresa y la conocida margarita. La focaccia de mortadela con pistacho es imperdible.