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La viuda alegre, en el Colón: la música brilla, pero tal vez no necesitábamos el rock and roll

«No pienses que el dinero lo hace todo o acabarás haciéndolo todo por el dinero», esta frase adjudicada a Voltaire bien puede ser el resumen de la opereta La viuda alegre. Con música del compositor austro-húngaro Franz Lehár se estrenó en Viena 1905 y ha sido considerada desde entonces como una de las más importantes en su género. Después de 12 años esta opereta vuelve al escenario del Teatro Colón, con una actualización de la visión de la obra según el director Damiano Michieletto, en una producción en la que prima la excelencia de la música que no encuentra su eco en la puesta.

La trama original se centra en una viuda acaudalada (Hanna Glawari) de un pequeño principado y en los esfuerzos de sus compatriotas por encontrarle un esposo para evitar que su fortuna salga del país.

Michieletto modifica la época de la acción trasladándola de la magnífica Belle Époque a la década de 1950 con aire estadounidense, un período de posguerra en el que florecía la confianza en un mundo mejor.

También cambia el peligro que acecha a los personajes: si en la versión original era un pequeño estado el que estaba en peligro de quiebra, en esta versión el “Pontevedro” es un banco, y Danilo, el galán encargado de conquistar a la viuda y salvar la institución, es un empleado.

Este cambio produce una polarización de la imagen entre el glamour y la moda deslumbrante de la Belle Époque respecto a una imagen más bien mundana y cotidiana de los personajes.

En el contraste, la puesta pierde esa fascinación por lo ostentoso: parte de la comicidad original de esta opereta se desprende de las situaciones hilarantes que propone una trama simple pero efectiva, mezclada con una imagen de la ridícula opulencia que tiene la Viuda y que persigue el resto.

Nada de esto ocurre aquí. La acción comienza dentro del banco, luego pasa al salón de baile para finalizar en la oficina de Danilo. La escenografía y el vestuario se manejan en una paleta restringida de colores pasteles, alejándose de la riqueza de contrastes, y es funcional y despojado incluso para la protagonista.

Aunque se han modificado algunos textos hablados para adaptarlos a la concepción espacio-temporal de Michieletto, la extrapolación de contextos en ocasiones afectó la fluidez de la trama.

En esta versión, En esta versión, «La viuda alegre» pasó de la «Belle époque» a los años ’50. Foto: Prensa Teatro Colón/Máximo ParpagnoliAdemás, la insistente inclusión de coreografías de rock resultó desconcertante en el hilo de una dirección escénica que, por momentos, se mantuvo estática por demás y desaprovechó la vitalidad intrínseca de la música de Lehár.

El valor de la música

En un momento en el que la opereta parecía estar en declive, La viuda alegre destacó por su música innovadora y su argumento que entreteje dos temas universales: el dinero y el amor.

Es un verdadero prodigio de Franz Lehár la manera que combina los temas con la diversidad de ritmos y estilos que enriquecen la obra: entre ellos se encuentran el vals del amor, la marcha de Maxim, la canción de Vilja o el coro de las grisettes.

El aspecto más notorio de la noche fue el musical. Carla Filipcic-Holm encarnó a una Hanna Glawari peculiar, destacándose por su calidez humana más que por exuberancia o audacia. Desde el punto de vista vocal, logró momentos de gran belleza, sobresaliendo especialmente en la canción de Vilja.

En Rafael Fingerlos, encontró un compañero elegante y comedido, ambos compartieron momentos de intenso lirismo, como en el dúo Lippen schweigen (Labios en silencio).

Ruth Iniesta como Valencienne mostró cualidades para desarrollar tanto el humor como la emotividad, con una proyección y expresividad vocal elogiable.

El resto del elenco se destacó por su entrega vocal prolija, con actuaciones cómicas notables de Franz Hawlata como el Barón Mirko Zeta y Carlos Kaspar como Nyegus, quien, en esta interpretación particular de la obra, ejerce un papel de mago con un abanico-varita que guía el desarrollo desde su inicio hasta sus momentos más íntimos entre los protagonistas.

Colores pasteles para la puesta de Colores pasteles para la puesta de «La viuda alegre», que tras 12 años volvió al Colón. Foto: Prensa Teatro Colón/Máximo Parpagnoli El Coro y la Orquesta Estable del Teatro Colón, dirigidos por Jan Latham-Koenig, realizaron una destacada interpretación de la magnífica música de Franz Lehár, la cual está llena de ricos contrastes y melodías inolvidables. La orquesta logró ajustarse con suavidad y coherencia al carácter lírico y ligero de las transiciones en cada uno de los actos, manteniendo así una fluidez musical notable.

La belleza de la música de La viuda alegre es atemporal, y su grandeza parece trascender el contexto en el que se desarrolle su historia. La ejecución del Coro, la Orquesta y los artistas en el escenario logró que el regreso de esta obra al Teatro Colón sea una ocasión realmente elogiable.

Ficha

La viuda alegre

Calificación: Muy buena

Música: Franz Lehár Libreto: Victor Léon y Leo Stein, basado en la comedia L’attaché d’ambassade de Henri Meilhac Director de escena: Damiano Michieletto Con: Orquesta y Coro Estable del Teatro Colón Director musical: Jan Latham-Koenig.

Elenco: Carla Filipcic-Holm (Hanna Glawari), Rafael Fingerlos (Conde Danilo Danilowitsch), Franz Hawlata (Barón Mirko Zeta), Ruth Iniesta (Valencienne), Galeano Salas (Camille de Rosillon) Funciones: martes 26, miércoles 27, jueves 28 y sábado 30 de septiembre a las 20; domingo 1 de octubre a las 17, y martes 3 de octubre a las 20 Teatro: Colón.

WD

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