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“Qué mirás bobo, andá p’ allá”, eso que los ministros de Economía no se animan a decir (pero deberían decirlo)

¿Estamos acaso en una sociedad boba que no puede ver más allá de un par de meses? ¿Acaso los gobiernos, partidos políticos o ministros no encuentran una narrativa para que la sociedad avale cierto sufrimiento de corto plazo a cambio de bienestar futuro?”.

El planteo podría haber salido hoy de la boca de algún economista o uno de esos candidatos a hacerse cargo del Ministerio de Economía a partir del 10 de diciembre, preocupado acaso por la inercia que recibirá en sus manos para frenar la suba de precios, el gasto público, la emisión monetaria o la caída de las reservas, y que deberá domesticar más temprano que tarde. La opinión pública permanece embelesada con los pesos depositados en sus bolsillos (bonos, devoluciones de impuestos, congelamiento de tarifas, subsidios) y la ilusión de salarios en dólares si Javier Milei es presidente y dolariza.

Pero la pregunta retórica, sincera, de frente, (“¿estamos acaso en una sociedad boba?”) no se la hacen dirigentes políticos sino Andrés Borenstein y Gabriel Llorens Rocha, autores del libro llamado Puede fallar, economía y comunicación en 40 años de democracia (Editorial Planeta), en el que exploran un aspecto clave de los ministros de Economía y sus gobiernos: cómo pararse delante de las buenas y malas noticias.

Desde ese aspecto, vale preguntarse en concreto lo siguiente, y de cara a lo que viene: ¿qué puede hacer un ministro de Economía que llega al final de una fiesta en la que se bajaron impuestos, se aumentaron ingresos, se congelaron precios y se promete ganar en dólares? ¿prender la luz del salón y quitar de la barra el gin tonic justo cuando llegaba lo mejor, como dijo el ex presidente de la Reserva Federal William McChesney Martin?

Quebrar la inercia y los comportamientos arraigados es algo de lo que los economistas se jactan de poder resolver a través de señales, metas, incentivos, regulaciones (o en su defecto, de su eliminación) como si, a lo Messi, se pararan delante de un micrófono y dijeran a esos embelesados “qué miran, vayan pa’ allá, bobos” por que acá ya no hay nada más para ver. Fuera.

Romper con las narrativas que justifican comportamientos depredatorios de consumo, es algo de lo que escribió Robert Shiller, un Nobel en Economía, en su libro Narrative Economics. Advertencia: no es sencillo de lograr y quizá el próximo ministro de Argentina necesite ser Messi.

”El hecho de que la gente se acostumbró a que la factura de la luz mensual fuese más barata que una pizza es algo poderoso y difícil de desactivar”, admiten los autores en Puede fallar.

Borenstein es economista. Pasó por las redacciones de El Economista y Clarín y es podcaster de La economía en 3 minutos. Llorens Rocha, por su parte, es licenciado en Periodismo y trabaja como consultor en comunicación. Fue jefe de prensa de tres campañas electorales. El maridaje de ambos y sus skills impregnaron Puede fallar de un cuerpo que mezcla datos duros de distintos programas económicos desde la vuelta de la democracia, las historias de los ‘detrás de escena’ y una recopilación exquisita de títulos e historietas de revistas y diarios de época.

“La conversación económica de estos 40 años falló”, dice Llorens Rocha. “Fuimos incapaces de incorporar ideas básicas como restricción presupuestaria, intertemporalidad o la tan simple oferta y demanda. Rechazamos conceptos que están fuera de discusión en el mundo y en campaña preferimos que nos mientan: ‘bajame ganancias, no entiendo nada del impuesto inflacionario’. Y la bomba se ceba hasta explotar”.

Días atrás el economista Eduardo Levy Yeyati recordaba en un congreso que los economistas argentinos demostraron saber estabilizar y bajar la inflación. Pero que esos programas llegaron siempre cuando la crisis ya estalló. “En momentos terminales, cuando no queda más que pegarse contra la pared, la sociedad avala un tratamiento que duele”, coinciden Borenstein y Llorens.

A veces hasta los mismos economistas que rodean a los candidatos dan explicaciones facilistas. Ocurrió en 2015 cuando Mauricio Macri se inclinó por el ala blanda de su equipo que sostenía no hacía falta un ajuste fiscal porque la eliminación del cepo generaría una expansión y eso corregiría los desequilibrios de la economía.

La sociedad argentina penaliza más al que arregla que al que desarregla. Todo lo contrario a otros países. Y, si no, a fijarse en lo que pasó en Gran Bretaña el año pasado cuando la entonces primera ministra Liz Truss anunció una rebaja de impuestos sin explicar cómo compensaría al Tesoro. Truss se hundió en una crisis de desconfianza porque la sociedad no se hipnotizó ante la promesa, algo que la llevó a renunciar, convirtiéndose en el gobernante con menos tiempo en Downing Street 10. Acá, el economista Matías Surt encontró que Milei prometió recortar en cifras imposibles el gasto en ciertas áreas porque el ajuste supera en tamaño a las partidas.

Puede fallar, dijo el mago argentino Tusam. En economía y en Argentina más, dicen Borenstein-Llorens Rocha, dando la idea de que a veces un reto a lo Messi para despertarnos haría falta. “¡Qué miran bobos!”.

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