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Los tiempos en los que ir a la cancha es poner en riesgo la vida

Click. El control remoto enciende la tele. El zapping llega al canal donde transmiten Godoy Cruz-Belgrano. ¿Qué tiene hacer uno viendo Godoy Cruz-Belgrano si está cómodo en su casa de Buenos Aires, disfrutando de su tarde de clase media bien pensante? De golpe, por la pantalla, la posibilidad de la tragedia asoma como si estuviera viendo una película de Stephen King. ¿Por qué uno se acuerda de Gianni Infantino justo ahora? ¿Qué estará haciendo Gianni en la placidez de Zurich, donde está la sede de la FIFA?

Hay padres, madres, tíos y primos pasando niños y bebés de la popular a la platea para escapar de los gases lacrimógenos que llegan desde el bello Parque San Martín, donde está enclavado el estadio Malvinas Argentinas. ¿Qué hacen llevando bebés a la cancha?. La otra pregunta es: ¿por qué no pueden hacerlo? Porque esto es Argentina.

La semana pasada la FIFA nominó a Daniel Iñiguez, un hincha de Colón, al premio Mejor Hincha. Es que a Zurich llegó su imagen dándole la mamadera a su bebé en el estadio del Sabalero en un partido del rojinegro. Imagen enternecedora. Pudo ocurrir lo mismo ayer en Mendoza. ¿Desconoce la FIFA lo que es el fútbol argentino? ¿Desconoce lo que es Argentina hoy?

¿El pobre Iñiguez no tenía derecho a ir a la cancha con su bebé? ¿Por qué? Todo el derecho tenía. La nueva pregunta es si Iñiguez también sabe que en cualquier momento en una cancha del país puede surgir lo más macabro e inesperado. ¿Se puede culpar al hincha de Colón o a los hinchas de Godoy Cruz que fueron con sus hijos a un partido en el que no debería haber pasado nada grave? Desde ya que no.

En todo caso, ellos son tan víctimas como cualquier hombre o mujer de buena salud y estado físico para moverse sin necesitar ayuda que decida ir a ver un partido. Un partido cualquiera de cualquier categoría. Porque ir a la cancha es jugarse la vida. Lo sabe cualquiera que se aventura a ir detrás de sus colores.

No pasó nada en Santa Fe. Pudo haber pasado. Ocurrió en Mendoza porque la barra del Tomba o parte de ella quiso ingresar sin entradas o con entradas falsas. Eso pasa, o puede pasar, en el estadio de cualquier club. El combo perfecto es la represión policial que primero saca los bastones y después los gases lacrimógenos o las balas de goma. ¿No hay otra manera de contener a los “infractores”, como para buscar una palabra que no incomede tanto?

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La policía reprimió a un grupo de barras del equipo mendocino con gases lacrimógenos.

No hay placer más grande para un padre que llevar de la mano a su hijo a la cancha. Ese viaje iniciático funde la relación para siempre. Nadie olvida su primera vez subiendo escalones de la mano de papá. Hoy no se puede. Hasta eso nos han quitado. No se puede. Y, maldita sea, no se debe.

No lo sabe Infantino. No tiene idea la FIFA de que “aquí no podemos hacerlo”. Premian a alguien por su amor al fútbol. Deberían premiarlo por ser un sobreviviente.

Cuando cayó la noche en Mendoza no hubo más noticias. No se sabe si hubo heridos. No se sabe si hubo detenidos. Mañana todo se olvidará. Quedará en anécdota. Todo pasa. Hasta que llegue el próximo partido y uno decida ir a la cancha. Tal vez a ver sus colores amados. El precio no es el del ticket de acceso. Quizá sea el de poner en juego la vida.

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