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Injustificada salida a hombros del mexicano Isaac Fonseca ante los descastados «cebadas»

FICHA DEL FESTEJO:

Ganado: seis toros de Cebada Gago, muy desiguales de hechuras y volúmenes, aunque todos bien armados, que dieron un pésimo juego por su extendida falta de raza y mansedumbre, a pesar de su movilidad. Varios se rajaron pronto y el resto sin celo alguno ni emplearse en los engaños.

Adrián de Torres, de blanco y oro: estocada perpendicular desprendida y cuatro descabello (silencio tras aviso); dos pinchazos y estocada tendida (silencio tras aviso).

Román, de gris plomo y oro: estocada atravesada que asoma y descabello (silencio); pinchazo y estocada caída (silencio).

Isaac Fonseca, de carmelita y oro: estocada caída delantera (oreja); estocada (oreja con petición de la segunda). Salió a hombros por la Puerta del Encierro.

Entre las cuadrillas, Juan Carlos Rey y Tito saludaron tras banderillear al sexto.

La plaza: quinto festejo de la feria de San Fermín, con lleno en los tendidos (unos 20.000 espectadores), en tarde calurosa.

 El joven diestro mexicano Isaac Fonseca logró este domingo una muy barata, y sobre todo injustificada, salida a hombros en el quinto festejo de los Sanfermines, tras dos faenas sin asiento ni mando, pero premiadas con excesiva holgura, a los dos únicos toros con ciertas opciones de una descastada corrida de Cebada Gago.

Y es que sólo en Pamplona pueden llegar a darse casos en los que, únicamente por la aparente buena actitud de un torero, aunque eso no suponga ni una mínima brillantez artística, un público metido en fiesta y, sin más criterio que el de la diversión y la generosidad, acabe sacándole a hombros sin justificación alguna.

Porque eso fue lo que sucedió este domingo con Isaac Fonseca y con los dos toros de mayores posibilidades -curiosamente también los de mejores hechuras, agrupados sorprendentemente en el mismo lote- de un desigual sexteto de «cebadas», de los que cuatro se mostraron negados a embestir por derecho una sola vez.

En cambio esos dos burraquitos, los únicos bajos y de fina lámina de la corrida, se movieron lo suficiente para, al menos, ofrecer unas pocas pero suficientes opciones de éxito al diestro azteca, que ya salió a hombros de esta plaza el pasado año, en la novillada que abrió la feria del centenario de la plaza.

Pero esa supuesta y «vendida» decisión no le fue suficiente para imponerse ya con el tercero, que pareció venirse abajo en banderillas pero que recuperó bríos en cuanto Fonseca le dio distancia en los cites, y más aún al no encontrar enfrente el mando necesario. Fue, así, una faena sin asiento, aprovechando las inercias de las arrancadas pero sin gobernarlas con una muleta más volandera que concreta, aun a costa de alguna colada y, sobre todo, salpicado de efectismos que tal vez motivaran esa insospechada petición de oreja.

El sexto, aun sin emplearse en exceso, fue el mejor de la corrida, pues, poco picado, galopó con mayor fijeza que sus hermanos en los primeros tercios y se dejó hacer en el último con más nobleza, sin que Fonseca, que lo saludó con una larga cambiada, tampoco lograra esta vez sacarle un solo muletazo limpio o asentado.

Claro que, entre muchos enganchones a la tela, el de Morelia se preocupó más de buscar, con pícara habilidad, la complicidad del tendido con desplantes y guiños populistas en busca de esa segunda oreja que, con tan poco y tan de saldo, le abrió la puerta del encierro tras volcarse, eso sí, en una estocada que, puestos al derroche sanferminero, desató incluso la petición de un tercer trofeo.

Lo más auténtico y meritorio de la corrida, por su valor sereno y su determinada firmeza para intentar torear con ajuste y por derecho, llegó de la mano de Adrián de Torres, que, aun así, se fue en silencio de esta desconcertante plaza de Pamplona. Y lo hizo además con un lote nada agradecido, compuesto por un serio primero sin celo al que le hizo todo en los medios, hasta pasarse de metraje, y un cuarto zancudo y flacón, al que hasta llegó a echarle las bambas del capote para torearle a la verónica, algo inaudito en esta plaza donde los astados acusan tanto las querencias del encierro.

Pero, sin raza ni celo, este otro colorado respondió al toreo con cabezazos cada vez más bruscos, medias arrancadas y metiéndose bajo las axilas una y otra vez, sin que el torero de Linares le volviera la cara en un tesonero trabajo que remató con unas manoletinas tan apuradas como antes habían sido sus quites con el capote, solo que, de nuevo, sin acierto con los hierros de muerte.

También fue parejo, en malo, el lote de Román, pues los dos se le rajaron inexorablemente, el segundo de la tarde ya desde el tercio de banderillas, hasta acabar huyendo de las telas. Y si con ese primero acabó insistiendo sin brillo en la misma puerta de toriles, al voluminoso y basto quinto, también dado a la fuga, se empeñó en sujetarlo unos minutos lejos de la querencia, aunque llegar más que moverlo de un lado a otro a base de taparle la vista con la muleta, lo que ya era toda una hazaña.

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