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Los excéntricos Marcelo Bielsa y Lucio V. Mansilla: por qué la suerte no existe (ni en fútbol ni en Economía)

150 años atrás, un argentino célebre no economista ya hablaba de azar, cifras y economía.

“No se puede relacionar el resultado con la suerte. Mi idea es que el equipo tiene que ir más allá de la suerte, que no es un factor en el resultado”, dijo Marcelo Bielsa, director técnico de fútbol, luego de un partido dos años atrás.

¿Es posible trascender esa barrera que Bielsa imagina en el fútbol y llevarla a otras áreas? Aquello que Woody Allen retrató en su película Match Point, un drama-crimen pasional, en la escena que una pelota de tenis se eleva tras pegar en la cinta de la red, flotando en el aire segundos interminables sin saber de qué lado caerá.

Imagine usted, en la economía ¿hay algo como la suerte si en definitiva hay cientos, miles de economistas, haciendo cuentas sobre el dólar?

Otro argentino, además de Bielsa, pensó de esa manera. Pero 150 años atrás. Curiosamente tampoco es economista, aunque sí excéntrico como los que conocen al DT dicen que es: Lucio V. Mansilla fue un personaje de la vida social, militar y política argentina del siglo XIX que dejó escritos consagrados como por ejemplo Excursión a los indios Ranqueles. Y Sandra Contreras recopiló sus escritos de viaje (en un libro que se llama El excursionista del planeta), rescatando allí una carta que Mansilla envió al diario El Nacional en 1878 cuando llevaba una misión al Paraguay para una empresa minera que conducía (Mansilla fue, además, empresario en una época en la que el capital expandía fronteras, explotaba recursos, creaba tecnologías y reconfiguraba ciudades).

“Señor don Samuel Alberú”, arranca Mansilla a escribir el 3 de mayo de 1878.

“Director de El Nacional

Mi estimado amigo:

El mundo es matemático.

Pero el hombre no quiere convenir en que hay siempre una razón para que le vaya mal, sobre todo cuando se trata de ganar dinero.

Tener suerte es un modo de hablar. No hay buena ni mala suerte. Hay cálculos de probabilidades más o menos bien hechos. Toda la dificultad del éxito estriba en eso. Y el éxito consiste en una severa sujeción a las leyes del mundo; y si esas leyes son intelectuales y morales, la sujeción debe ser intelectual y moral. La economía política es un libro tan excelente como la Biblia.

Un tratado de economía política es un curso de lógica, para ser aplicada en el buen sentido.

Un hombre de buen sentido no cree a ciegas, y si duda no reacciona sino después de haber hecho una operación aritmética o de haber analizado fríamente el proceso de su espíritu.

Los accidentes gobernarán la vida del que así no piense y poco pesarán en la balanza para el resultado de sus empresas los quilates de su integridad.

La probidad no basta en el comercio, es necesario combinarla con la prudencia. Faltando este ingrediente, el comercio es un agiotaje ingenuo. Y prudencia quiere decir vigilancia”.

Mansilla advierte ya que el mundo del comercio que había configurado la Buenos Aires aldeana en la que había nacido y que había tenido que abandonar a los 18 años (1850) para hacer operaciones de importación de la familia en Calcuta (en 1878 Mansilla tenía 46 años y había ido a Italia y Egipto a los 18 años, iría a San Petersburgo, Moscú, París y había ya atravesado La Pampa y explorado el Paraguay), daba paso a otro tipo de economía más compleja. Entre 1870 y 1910 se registra el período en el mundo de mayor avance material según recopiló el economista estadounidense Bradford de Long en su último libro.

El maridaje economía-probabilidad tomaría otra intensidad 50 años más tarde, con los trabajos de Lord Keynes en Cambridge, y el reconocimiento de que la incertidumbre es un factor no mensurable por la matemática y contra lo que la escuela austríaca creía: los mercados funcionan siempre de manera perfecta (a lo que Joan Robinson, también de Cambridge, respondió que el mercado perfecto es un caso especial).

Pero el mundo de Mansilla, de imperios en expansión, era previo al de Keynes, de imperios en descomposición. Para Mansilla, el éxito consistía solamente en hacer bien las cuentas.

“La idea de que el éxito o el fracaso tenga componentes azarosos es muy actual”, dice Walter Sosa Escudero, best seller de libros de estadísticas y profesor de la Universidad de San Andrés. “Tendemos a subestimar groseramente el rol de las chances, la gente tiende a erigirse en la causa de su éxito y a echarle la culpa a lo fortuito en los fracasos. La economia del siglo XX puso esos factores muy sobre la mesa: que en tiempos de IA tengamos serias dificultades en predecir el valor del dólar de acá a una semana es una manifestación clara del rol del azar y la necesidad de calcular correctamente probabilidades que tempranamente menciona Mansilla. Es interesante y sorprendente que lleve tempranamente esta idea asociada a la física a fenómenos sociales”.

Bielsa busca llevarlo al fútbol. “El resultado se definió por eficiencia y no por suerte. Tuvimos 10 oportunidades y no supimos anotar un gol. Ellos 5 y convirtieron uno. Eso explica todo”.

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