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Carlos Manuel Álvarez: una lección de dignidad

Entre el 9 de noviembre de 2020 y el 10 de enero de 2021, una protesta inédita de un grupo de artistas y activistas cubanos puso a prueba los cimientos represivos de la agónica dictadura cubana, esa dictadura que se sucede a sí misma a partir de las viejas recetas de los regímenes comunistas: la delación institucionalizada, el control de todos los resortes que permiten la movilidad social, el chantaje individual a partir de la escasez creada por el propio sistema, la construcción de un Estado policial donde cualquiera puede ser un confidente, la corrupción y podredumbre de todas las estructuras. Lo cuenta el escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez en ‘Los intrusos’, Premio Anagrama de Crónicas.

El protagonismo de este éxito, que por desgracia parece no haber tenido continuidad en el tiempo, correspondió al llamado Movimiento San Isidro (MSI), una agrupación de artistas inquietos, una suma extraña de jóvenes airados, intelectuales ajenos al poder, raperos, poetas, periodistas: «artistas vomitados por el sistema». El hartazgo de la sociedad cubana era ya palpable: el hambre, el tedio, la evidencia del fracaso revolucionario son indiscutibles. El país se sostiene sobre su propia corrupción, sobre su propia incapacidad. El régimen vive de la conmemoración permanente de la nada. Desde la muerte de Fidel, quién lo iba a decir, Cuba ya no le importa a nadie, tan sólo, y esto también es discutible, a los propios cubanos.

Carlos Manuel Álvarez, joven y brillante periodista, fundador del medio digital El Estornudo -un medio que hay que leer para saber de verdad qué pasa en Cuba, qué se piensa y se dice y se escribe en la isla detenida, como hay que leer Rialta o Hypermedia Magazine-, abandona Nueva York el 20 de noviembre para unirse a una protesta que va ganando fuerza y captando la atención de la población y los medios, dentro y fuera de Cuba. En esos momentos, los grandes nombres propios son Luis Manuel Otero y Denis Solís, a los que el régimen, en su política de represión de baja intensidad, detiene una y otra vez, interroga una y otra vez, priva de libertad una y otra vez. En ausencia de violencia física, que los aparatos de seguridad del Estado consideran un mérito que hay que agradecerles, la dictadura pretende cansar, aburrir, hacer la vida cotidiana imposible a los disidentes, como si la vida cotidiana en Cuba no fuese otra cosa que hambre, tedio, desesperanza y deseo de escapar.

La Cuba que se sucede a sí misma quiere a la otra Cuba fuera de la isla, en Miami, Nueva York, Madrid o donde sea. No hay sitio para los intrusos, para los que imaginan otra realidad posible, una realidad democrática que supure las heridas del hundimiento de un país que, en otro tiempo, creía en el futuro. Escribe Álvarez sobre la paradoja que supone pretender una prosperidad sin producir, una convivencia sin democracia real. Llega a La Habana, dispuesto a unirse al encierro en el domicilio de Luis Manuel Otero pertrechado con tres libros: El Quijote, un volumen con poesías de Quevedo, y los diarios de juventud de Lezama Lima. El autor de Paradiso, quizás homosexual, conoció el ostracismo tras años de oropeles revolucionarios. Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas y muchos otros seguirían su triste camino.

Plagado de reflexiones éticas y estéticas, el libro de Carlos Manuel Álvarez no sólo narra aquellos momentos de luz y esperanza. Con referencias a Walter Benjamin, Lyotard, Achille Mbembe, Glissant, Aimé Césaire o Roberto Calasso, ‘Los intrusos’ también propone una reflexión ética y estética sobre la disidencia, la dictadura, los entresijos de la solidaridad o los fundamentos de un poder que, al estilo de Esparta, ha conseguido que el terror se vea como normalidad.

Entre la narración, Álvarez intercala las biografías de los encerrados en la casa de Luis Manuel Otero, desalojados a la fuerza el 26 de noviembre tras apenas siete días de protesta pacífica en un domicilio particular. En Cuba, todos los domicilios están rigurosamente vigilados, y después del allanamiento sus promotores son separados, detenidos e interrogados. Las vidas de los disidentes revelan pautas similares: jóvenes inquietos, en muchos casos de familias desestructuradas, que no encajan con lo poco que se les ofrece. Abundan los hijos de familias divorciadas. Hay varios homosexuales. También negros pobres procedentes de los márgenes del sistema. La resistencia se basa en los afectos: «la solidaridad es lo que más ataca al gobierno».

La reacción de la prensa oficial revela la trastienda del régimen. Las portadas separan a los blancos de los negros. La policía abusa de la palabra maricón. Álvarez constata que las mujeres encerradas han sobrevivido a todas las penurias a lo largo de su vida rebelde por su condición de madres, que les ha otorgado cierta protección frente a la violencia represiva. Racismo, homofobia, machismo. Y, todavía, el dinosaurio permanece allí, con otro nombre, pero con la misma miseria moral.

Los intrusos 

Premio Anagrama de Crónica 

Autor: Carlos Manuel Álvarez 

Editorial: Anagrama

Precio: 18,95 € 

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