Final del Abierto de Australia: Daniil Medvedev, el antipático que odia la perfección y busca ser 1 del mundo

El 20 de agosto de 2017. Hasta ese momento hay que retroceder la cinta. Ese año, Daniil Medvedev jugaba su primer final de un torneo ATP, se metía entre los 100 mejores del ranking y entraba por primera vez al cuadro principal de un Grand Slam, el de Australia​. En la cabeza de aquel joven…

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El 20 de agosto de 2017. Hasta ese momento hay que retroceder la cinta. Ese año, Daniil Medvedev jugaba su primer final de un torneo ATP, se metía entre los 100 mejores del ranking y entraba por primera vez al cuadro principal de un Grand Slam, el de Australia​. En la cabeza de aquel joven ruso de 21 años posiblemente no haya sido significante que mientras ganaba el ATP 250 de Winston Salem, en Carolina del Norte y se preparaba para ir a jugar el US Open, la cima del ranking ATP cambiaba de dueño.

Aquel 20 de agosto de 2017, Rafael Nadal recuperó el trono. Atrás quedaban 41 semanas de liderazgo del británico Andy Murray. Fue solo un paréntesis en el liderazgo del ranking ATP​.

El repaso general es abrumador: desde febrero de 2004 hasta acá, solo en esas 41 semanas del salto de Murray el mando del tenis masculino no circuló entre los tres nombres que salen de memoria: Nadal, Federer ​y Djokovic. Nadie más fue dueño en casi 20 años.

El domingo, frente a Rafael Nadal, Medvedev va por eso.

“Es divertido enfrentarse contra algún miembro del Big Three. Cuando era joven y peloteaba contra la pared me imaginaba que ésta era Nadal”, dice en la víspera de la final.


El festejo de Medvedev imitando al que se puede hacer en el juego de consolas FIFA. Foto AFP

Djokovic estará presente el domingo. No físicamente, claro, por la novela que protagonizó y lo dejó afuera del país. Pero su impronta aparecerá en Melbourne Park ya que algún cuadro inevitablemente deberá bajar el serbio. Si el campeón es Medvedev le robará el número uno del mundo y si se consagra Rafa se desmarcará de los otros dos integrantes del Big Three para quedar como el máximo ganador de torneos de Grand Slam de toda la historia, con 21 conquistas.

“Voy a decir algo que no le dije nunca a nadie”, enunció Medvedev, micrófono en mano, y miró hacia del costado donde Djokovic acababa de perder la chance que ahora tiene Nadal y además ganar los cuatro Gran Slam en la misma temporada. “Para mí, eres el mejor jugador de la historia”, lo elogió el ruso minutos después de vencerlo en la última final del Us Open.

El año pasado en Australia también había llegado a la final. Y allí la pulseada fue para Nole, que extendía su vínculo amoroso con su torneo fetiche. Paradojas del destino, es allí donde fue rechazado por su política antivacunas y es allí donde perderá la final, gane quien gane el domingo.

Medvedev pareció haber hecho un click tras el largo parate por la pandemia. El cambio se vio en su tenis y también en su mentalidad. Sigue sin cerrar la boca (discute con el público, carga fuerte contra los árbitros) pero a la hora de cerrar los partidos se enfoca en lo que debe.

Siempre al límite, está claro que no será el favorito del público en la definición del domingo.

Su carácter lo hizo protagonista de varios episodios polémicos. En el US Open 2019 ante Feliciano López, tiró al piso la toalla que le había alcanzado un ball-boy y, cuando el público lo abucheó por esa actitud, los miró desafiante, y les hizo fuck-you. La organización le aplicó una multa de 9 mil dólares. Pero él aclaró que cuanto más hostil sea el clima, mejor le sienta para jugar.

En el último Masters 1000 de París también se cruzó con el público, que alentaba al local Hugo Gaston en un duro choque de cuartos de final. Medvedev ganó, pidió irónicamente que a partir de ese momento los hinchas lo apoyen, y festejó con un código interno. Sacó los bolsillos de su short hacia afuera mientras miraba hacia su banco.

¿Qué quería decir? Lo confirmaron las redes sociales: “Es un chiste habitual en Rusia. Un joven solicita ingreso a una escuela de teatro y se le pide que muestre un elefante. Saca los bolsillos y dice: ‘estas son orejas, ¿quieres ver la trompa?”.


Cara a cara: en Londres, en 2020, el ruso le ganó a Nadal. Foto: EFE

La ausencia de corrección política de Medvedev tuvo su vínculo argentino en febrero, por la ATP Cup en Australia, cuando provocó a Diego Schwartzman al festejar una doble falta que cometió y después gritándole en la cara un punto.

“Cuando tenía 10 años odiaba a Roger”, sentencia a su estilo Medvedev. “No soportaba verlo ganar una y otra vez. Desde la primera ronda hinchaba por sus rivales”.

Hace poco sumó a su equipo de trabajo a la psicóloga deportiva Francisca Dauz. Y sus desvaríos son menos frecuentes.

“Voy a decir algo que al público no le va a gustar”, soltó y volvió a crear un clima tenso en medio de la cancha tras un triunfo. “Pero me dije a mí mismo: ¿Qué haría Novak en esta situación?”.

Había perdido los dos primeros sets contra el canadiense Félix Auger-Aliassime y estaba a un paso de quedar afuera en los cuartos de final de Australia.

“Y pensé en qué harían los mejores del mundo. Yo soy parte de ellos, pero todavía soy joven, muy lejos de ellos en títulos. Durante todos los partidos, siempre que me iba un poco mal, me ponía en plan ‘sé Novak, enséñale que eres mejor’”.

Es el tercer ruso campeón en singles masculino de un Grand Slam después de Yevgeny Kafelnikov (Roland Garros 1996 y Australia 1999) y Marat Safin (US Open 2000 y Australia 2005).

Ya jugó una final de un torneo Grande contra Rafa y cayó tres sets en el US Open 2009. Pero sabe lo que es dar un golpe grande: en la Copa de Maestros 2020 se consagró con victorias en fila contra el número 1 (Djokovic), el 2 (Nadal) y el 3 (el austríaco Dominic Thiem).

Cuando termina una de esas conquistas grandes usa propio joystick y cae rendido contra el piso. Queda tumbado, de costado. “Sólo las leyendas entenderán que lo que hice al final del partido fue L2 + izquierda”, explicó. Es uno de los festejos especiales del FIFA cuando se hace un gol.


En Melbourne Park, en la última final de Australia, Djokovic venció a Medvedev en tres sets. Foto: REUTERS

Un rostro frío que pareciera ser un ícono de sus raíces moscovitas. Un temperamento caliente que elige no pasar por la vereda de lo políticamente correcto. Por algo confesó que odiaba a Federer, su imagen contrapuesta.

De chiquito no elegía la raqueta, prefería la lucha libre. “Es gracioso porque en realidad cuando tenía, no recuerdo, seis o siete, me gustaba la lucha porque pensaba que era real”, dice.

Quizá esas imágenes se hayan reflejado en cada raqueta que rompía en sus primeros tiempos de circuito grande.

“Muchos dicen que mi juego es aburrido o que parezco un robot, pero en realidad no me importa. Lo único que yo quiero es ganar”, resume.

En su impronta hay algo que busca romper con las grandes hegemonías. No solo odiaba la increíble perfección de Federer, admite que “cuando el Barcelona ganaba todos los torneos, quería que perdiese”.

Está a las puertas de romper otra gran marca. “Sé cómo es mentalmente. Rafa es el chico perfecto porque se porta muy bien. Es increíble porque nunca se sale de sus casillas”, avisa.

El Big Three tiene una amenaza. Le faltan dos centímetros para medir dos metros, pesa 83 kilos, nació en Moscú el 11 de febrero de 1996, no le importa que su estilo no encaje en el ideal del ambiente del tenis. Hace casi un año que llegó al segundo escalón del ranking mundial.

El domingo, en la final de Australia contra Nadal, va por el trono. Sueña con tocar L2+izquierda, quedar tumbado de costado y dar vuelto el juego.

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