El pozo y el péndulo

El flamante acuerdo con el FMI trae un poco de alivio a tanta incertidumbre, pero debería ser el principio de algo más. En la pandemia, las economías más avanzadas demostraron mayor capacidad para incorporar las innovaciones tecnológicas a sus sistemas productivos, sea por marcos regulatorios más desarrollados o por una mejor y más difundida eficiencia…

el-pozo-y-el-pendulo

El flamante acuerdo con el FMI trae un poco de alivio a tanta incertidumbre, pero debería ser el principio de algo más. En la pandemia, las economías más avanzadas demostraron mayor capacidad para incorporar las innovaciones tecnológicas a sus sistemas productivos, sea por marcos regulatorios más desarrollados o por una mejor y más difundida eficiencia de su estructura productiva. Además de tener una mayor dinámica innovadora fomentada por inversión en investigación y desarrollo –apoyada en sistemas financieros y de capitales profundos y desarrollados que permiten un adecuado flujo entre ahorro e inversión–. Esto podría hacer que las brechas de productividad entre esos países y los emergentes se ensanchen, lo que significa un mundo con crecientes diferencias de ingreso en un futuro no muy lejano. 

Por otra parte, muchos países de nuestra región enfrentan desafíos parecidos fronteras adentro. Es posible que la pandemia haya profundizado los diferenciales de productividad entre distintos sectores y países. Esto supone un desafío enorme para minimizar los riesgos de gobernabilidad, cohesión social y crecimiento a futuro. Las políticas de emergencia son necesarias, como en el caso de la crisis sanitaria pero, sin un plan integral de crecimiento y desarrollo, podría no evitarse que las diferentes velocidades generen fragmentos más “pesados” que arrastren el crecimiento de los más dinámicos e innovadores. 

Parecía que la pandemia había desnudado los problemas con crudeza pero ahora luce que habría sido más o menos igual

Esto sugiere que no se trata solo de redistribuir, no basta con eso porque, a nivel agregado, el crecimiento será más lento y la estratificación será aun mayor sin programas amplios. Se requieren políticas que tengan una estrategia detrás, entendiendo nuestra propia economía, pero también entendiendo la dinámica cambiante del resto del planeta, al que vamos a tratar de venderles valor agregado y del que, eventualmente, requeriremos hacer uso de su ahorro –sea a través de líneas financieras o de inversión–. Variables sociales como el desempleo, la informalidad y la pobreza dependen tanto de que el país crezca como de que lo haga de una forma más o menos armónica. 

Al principio parecía que la pandemia había desnudado con crudeza los tantos problemas estructurales que tiene Argentina y que no se sabe por dónde empezar a resolver. Pero ahora luce que la situación habría sido más o menos igual. Claro, la inflación es preocupante –es sin dudas un problema serio y recrudeció en los últimos meses–, pero nuestra economía está, lamentablemente, acostumbrada a regímenes de inflación alta. En los últimos setenta años el promedio anual de inflación fue del 64%. En los últimos cincuenta, ese número se eleva al 83%, lo que muestra que la economía argentina puede funcionar con inflación, pero el resultado es un camino errático, con el riesgo siempre latentes de ajustes dramáticos. La inflación es una de las tantas distorsiones que afectan el crecimiento y generan vulnerabilidades, y ese es el sentido en el que hay que prestarle atención.

El crecimiento implica producir más bienes y servicios, mejorar su calidad y diversidad, y permite aumentar el empleo y disminuir la pobreza. No conozco país que se haya desarrollado sin crecimiento. Sin crecimiento no hay desarrollo. Entonces, ¿quién no querría crecer? 

Los procesos de innovación son tanto o más importantes que la acumulación de capital porque permiten no solo aumentar la productividad de la economía, sino la calidad y diversidad de bienes y servicios. La estabilidad macroeconómica y la institucional –las instituciones, como lo es la moneda, trascienden a las personas y a los gobiernos– son cruciales al momento de evaluar el potencial de crecimiento. La calidad y estabilidad de políticas públicas hacen, también, al marco institucional. Políticas erráticas generan desincentivos a la investigación y el desarrollo o favorecen su concentración. 

Fomentar el crecimiento y el desarrollo debería ser el principal objetivo de toda política pública, especialmente en países como el nuestro, que sufren la pobreza, la desocupación y la informalidad. La política pública, el Estado, debería atemperar los ciclos económicos y las fluctuaciones propias de los sistemas dinámicos, como la economía, y no al revés. Las inestabilidades provocan erosión del crecimiento a largo plazo. En otras palabras, no es deseable que la política pública –o la ausencia de tal– sea desestabilizadora, sino más bien lo contrario. 

La economía es un sistema tan complejo que requiere una visión estratégica integral, más en economías como la nuestra, que han sufrido embates por donde se la mire. No basta con bajar la inflación como, tampoco, renegociar con el FMI. La economía argentina es muy resistente, pero habría que preguntarse si eso es “gracias a” o “a pesar de”. No habría que abusar de la suerte. La situación requiere de ese plan estratégico y también necesita un coordinador claro que articule políticas macro, micro, regionales y sectoriales para posicionarnos en los próximos desafiantes años. 

Argentina no puede darse el lujo de seguir quemando oportunidades con políticas erráticas y discusiones estériles. Hace más de diez años que no crece. ¡Diez años! Eso, más bien, muestra problemas estructurales que hacen que a nuestra economía le cueste crecer sin términos de intercambio altos. Y ahora están muy altos. Algo debemos de estar haciendo mal. En los 80, con la aplicación del Plan Volker –por Paul Volker, ex presidente de la Reserva Federal–, que implicó la suba histórica de la tasa de referencia en Estados Unidos, Latinoamérica creció cero. A eso se lo llamó “La década perdida”. Llevamos otra década perdida. Eso es una nueva tragedia de la que hay que tomar nota y realizar cambios. Iguales políticas llevan a iguales resultados. 

El mundo parece estar en el camino de aumentar la brecha entre países ricos y países pobres, países con mayores capacidades de generar e incorporar nuevas tecnologías y países a los que les va a costar mucho no tener alta dependencia de altos términos de intercambio y de la exportación de productos vinculados al sector primario. Sin plan, seremos cada vez más vulnerables a crisis profundas. 

Los desequilibrios no duran para siempre y lo ideal sería reequilibrar la economía de forma controlada antes de que la realidad lo haga a los golpes. El Gobierno coincide en que hay que crecer, y el recientemente anunciado acuerdo con el FMI da un alivio a la incertidumbre que vivimos. Pero hay que saber cómo se piensa crecer, qué sectores estratégicos se van a impulsar, o cómo vamos a venderle nuestro valor agregado al mundo, o cómo mejoraremos la competitividad sistémica del país. 

En el cuento El pozo y el péndulo, de Edgar Allan Poe, el protagonista, atado en una celda, está a punto de morir por un péndulo filoso que desciende de forma constante sobre él. Logra evitarlo desatándose con un artilugio, pero un momento después la celda se achica, cerrando las paredes en torno a él para ponerlo al borde de un pozo con la disyuntiva de morir aplastado o lanzarse al vacío. Finalmente, es salvado por el brazo del general Lasalle. ¿Qué camino seguirá Argentina? ¿Se salvará finalmente de la celda que la condena o estará librándose de la muerte por el péndulo para enfrentarse, apenas un momento después, a la disyuntiva del pozo o la trituración?

*Economista especializado en macrofinanzas y crecimiento.

También te puede interesar