Esta abuela, ¿puede salvar al mundo?

Por Azu IshiekweneEditor jefe de la publicación nigeriana Leadership MagazineCuando la Organización Mundial del Comercio (OMC) anunció formalmente el nombramiento de la doctora Ngozi Okonjo-Iweala como su Directora General esta semana, un periódico suizo recibió la noticia con un titular vergonzoso: “Esta abuela se convertirá en la jefa de la OMC”, con la fotografía de…

esta-abuela,-¿puede-salvar-al-mundo?

Por

Azu Ishiekwene

Editor jefe de la publicación nigeriana Leadership Magazine

Cuando la Organización Mundial del Comercio (OMC) anunció formalmente el nombramiento de la doctora Ngozi Okonjo-Iweala como su Directora General esta semana, un periódico suizo recibió la noticia con un titular vergonzoso: “Esta abuela se convertirá en la jefa de la OMC”, con la fotografía de ella bajo el encabezamiento. El titular desató indignación y forzó a los editores a modificar su posición: “Esta nigeriana de 66 años dirigirá la OMC”.

Por lo menos tres periódicos suizos ―Luzerner Zeitung, Aarguaer Zeitung y St. Galler Tagblatt― retiraron sus titulares amarillistas e hicieron ligeros cambios recién después de que se les llamara la atención por racismo.

Quitaron el aguijón, pero dejaron el veneno. Ésa es su falla. La candidatura de Ngozi Okonjo-Iweala para el cargo de directora general ha sido una de las más polémicas en la historia de la organización, que tiene 26 años. Y en parte por el tipo de razones maliciosamente necias que reflejan los titulares de los diarios suizos.

Cierta gente no puede entender el hecho de que ocupe el puesto una mujer. Que además sea negra no hace, sino que agravar la desgracia de esa gente. Pero Okonjo-Iweala no es cualquier mujer negra. Ha superado a ocho de las mejores candidatas del mundo de cuatro continentes para hacerse con el cargo. Y efectivamente, a la ronda final llegaron dos mujeres, haciendo añicos el techo de cristal del machismo en el sistema de comercio global.

Desde su fundación en 1995, la OMC ha sido una red exclusiva de varones que les hacen los mandados a los países más ricos del mundo que no se manejan según reglas de comercio justas, y a los más pobres, que carecen de interés en las reglas porque creen que el sistema está arreglado en contra de ellos.

Pero ni siquiera entre los países ricos hay acuerdo sobre las reglas. Donald Trump se pasó los cuatro años de su presidencia en una guerra comercial feroz con China, aduciendo prácticas desleales, manipulación de la moneda y robo descarado de patentes y derechos de autor estadounidenses por parte de empresas chinas.

Trump hizo muchas cosas mal y además de forma precipitada, entre ellas, por ejemplo, la ruptura del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, la violación del Acuerdo de Libre Comercio del Atlántico Norte y todo lo que pasó en el medio. Su obsesión con el proteccionismo mantuvo al mundo perpetuamente al borde de una guerra comercial global. Sin embargo, algunas de sus quejas sobre China, especialmente sobre derechos de propiedad intelectual, eran acertadas.

Desde luego, China, siempre tan deseosa y complacida de ser subestimada, también manifestó sus propias quejas contra lo que describió como proteccionismo porfiado de Trump y en un caso legal presentado ante la OMC hace dos años alegó que los aranceles de EE.UU. habían afectado a 300 mil millones de dólares de exportaciones chinas.

En la lucha entre los dos elefantes, agravada por el Brexit, el prado de la prosperidad global compartida se resintió. En el fondo, la OMC es una red de 164 miembros y 25 gobiernos observadores con una cultura masculina profundamente enraizada que se comporta como si la estabilidad del sistema basado en normas se midiese por la fuerza muscular y la testosterona.

Hemos visto lo que esa cultura le está costando al mundo. Ha puesto en peligro la sensatez colectiva que produjo el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (o GATT, según sus siglas en inglés) después de la Segunda Guerra Mundial, derivada de la comprensión de que la prosperidad compartida a través del libre comercio internacional podría alejar al mundo de otra catástrofe.

El GATT fracasó porque carecía de un mecanismo para negociar y resolver las disputas legales sobre comercio entre sus miembros, especialmente las relacionadas con la agricultura y los textiles.

Una serie de negociaciones que comenzaron en 1986, la famosa Ronda de Uruguay, dieron lugar al nacimiento de la OMC, sistema basado en normas destinado a facilitar la liberalización del comercio internacional y la solución de conflictos entre los Estados miembros.

La OMC ha hecho todo lo posible para ayudar, entre otras cosas, a promover el libre comercio de modo de generar una oleada en aumento creciente que sacó de la pobreza a cientos de millones de personas en todo el mundo. El diputado británico y también aspirante a la Dirección General de la OMC, Liam Fox, dijo en su libro Rising Tides (aproximadamente, Marea u ola creciente) que la OMC “es el mejor mecanismo que hemos ideado hasta ahora” para administrar el comercio mundial.

Sin embargo, los instintos predominantemente masoquistas de la organización le han impedido ver más allá de lo que es complacer los intereses de los ricos y poderosos miembros de su club. El temor de los dirigentes políticos a que la OMC tienda a promover la globalización y la “pérdida” de soberanía, no ha contribuido a mejorar las cosas.

Entre el orgullo arrogante de los miembros del club de los ricos que se quejan de que la OMC no presta suficiente atención al problema crítico de los servicios y la propiedad intelectual, y la masa de países en desarrollo que se quejan de un comercio injusto y de las consecuencias de la globalización, el futuro de la OMC pende de un precario equilibrio.

Como dijo en LinkedIn la conservacionista Linda Klare-Repnik: “Si se hubiera tratado de un hombre blanco, el titular habría sido del tipo de ‘Economista de Harvard, ex director gerente del Banco Mundial y ex ministro de Finanzas…'”.

Pero Okonjo-Iweala no es blanca y será juzgada, finalmente, no por su color de piel. Se la juzgará por su promesa de reformar el sistema “quebrado” del libre comercio internacional y por su compromiso de tender puentes y crear una plataforma “en la que todos los miembros, grandes y chicos, crean y confíen en el sistema y puedan utilizarlo”, como declaró a la revista TIME.

Y no estará a prueba, ya que ha demostrado con creces su valía como directora gerente del Banco Mundial y como ministra de Finanzas de Nigeria en dos ocasiones. El hecho de que Nigeria quedara prácticamente libre de deudas y se convirtiese en la mayor economía de África en la década de 2000 se debe en gran medida a ella y al equipo de gestión económica que dirigió como ministra de Finanzas.

La cuestión es que la nueva directora general llega al cargo en momentos en que la confianza en el sistema comercial global atraviesa un verdadero desastre, en parte ocasionado por el conflicto entre EE.UU. y China, agravado por la indiferencia de países en vías de desarrollo y gravemente complicado por las consecuencias de la pandemia de COVID-19.

La victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales de EE.UU. puede atenuar el conflicto comercial entre las mayores economías de la OMC ―Estados Unidos y China―, pero la indiferencia hacia la organización por parte de los países en desarrollo y la epidemia de COVID-19 siguen constituyendo un peligro evidente.

Sin embargo, estos factores son también oportunidades, al menos en África, donde el impacto de la pandemia ha estado relativamente controlado. Además, la entrada en vigor del Área Continental Africana de Libre Comercio (AfCFTA por sus siglas en inglés) señala un mayor entusiasmo por el comercio intrarregional.

El camino a la redención es largo, pero esperemos que el Área Continental Africana de Libre Comercio o AfCFTA sea el principio del fin de la creación de barreras, en lugar de la creación de riqueza a través del comercio y la innovación. Los anteriores responsables de la OMC hicieron lo que pudieron, pero África quedó al margen del mapa de tales dirigentes. Si para cambiar las cosas hace falta una abuela, el mandato de Ngozi Okonjo-Iweala debería haber empezado hace largo tiempo.

Traducción: Román García Azcárate

Mirá también

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA