Por dónde, y hacía dónde, se van los dólares

PorFernando MarengoEconomista jefe de Arriazu Macroanalistas Argentina tiene un superávit en la cuenta mercancías permanente desde 2003. Sin embargo, hay momentos que dicho ingreso de divisas no es suficiente para financiar la demanda por otros conceptos, intereses y utilidades, turismo, pago de deuda y los 200 dólares permitidos para el ahorro. Estas demandas vienen siendo…

Por dónde, y hacía dónde, se van los dólares

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Fernando Marengo

Economista jefe de Arriazu Macroanalistas

Argentina tiene un superávit en la cuenta mercancías permanente desde 2003. Sin embargo, hay momentos que dicho ingreso de divisas no es suficiente para financiar la demanda por otros conceptos, intereses y utilidades, turismo, pago de deuda y los 200 dólares permitidos para el ahorro. Estas demandas vienen siendo estables mes a mes, con lo cual los mayores esfuerzos por parte del Banco Central para intervenir en el mercado de cambios se explican por las variaciones en la cuenta mercancías.

Si bien los exportadores liquidaron más dólares que el año anterior y la demanda de importadores fue menor, la cuenta mercancías se deterioró por las decisiones de ambos actores de cancelar deuda con pesos. La brecha cambiaria alimenta la percepción que podrían experimentar un ajuste el tipo de cambio y con éste un aumento en la carga de sus deudas, provocando que importadores se apresuren a demandar divisas para el pago de sus obligaciones, mientras que los exportadores reducen el financiamiento en dólares disminuyendo la liquidación de divisas.

En el corto plazo la cuenta mercancías profundizará su deterioro, ya que la recuperación económica incrementa la demanda de divisas. Al aumentar actividad se demandan importaciones, mientras que en la medida que se normalicen los vuelos la demanda por turismo crecería desde el mínimo en el que se encuentra. A esto se suma que estamos en el momento estacional de menor liquidación de exportaciones.

¿Qué habría que hacer?

El drenaje continúo de las reservas del BCRA no es obviamente una situación de equilibrio. Para corregirlo uno puede reducir la demanda de divisas “haciendo las cosas bien” de forma tal que se genere confianza en la moneda local recuperando la demanda de pesos. Esto requiere indefectiblemente un plan macroeconómico consistente y sostenible cuyo principal foco debe estar en reducir el déficit fiscal. La otra opción es ajustar el precio en este mercado que está fuera del equilibrio dado el nivel de desconfianza: devaluar. Esto tiene fuertes impactos en la inflación, en el clima social y en el político. ¿Qué se decide hacer entonces? Vamos administrando la escasez para ganar tiempo. Pero ganar tiempo sin un plan siempre termina fracasando, como nos lo puede demostrar el manejo de la pandemia.

Siguiendo la línea de postergar problemas, la semana pasada se anunció un nuevo intento por “cuidar” las reservas, cuyas medidas se pueden resumir en cuatro áreas.

Desalentar la demanda de los 200 dólares permitidos para el ahorro incrementando su costo (imponiendo un impuesto) y restringiendo la cantidad (al unificar el cupo con los gastos con tarjetas). Esto no disminuye el deseo de dolarización, incluso la desconfianza que traen las medidas lo puede aumentar.

* Priorizar la liquidez en las operaciones contra bonos a residentes mediante un sistema de “parking” desbalanceado. Aun así, algo difícil de lograr porque siempre es posible encontrar métodos alternativos.

* Priorizar el acceso de medianos y pequeños exportadores al financiamiento en el sistema financiero local, perjudicando a algunas empresas grandes nacionales que no tienen casa matriz a quien recurrir.

* Destinar una menor cantidad de dólares al pago de deudas financieras de empresas “invitándolas” a reestructurar sus compromisos, tirando por borda uno de los principales beneficios de la reestructuración soberana. La importancia de evitar el default era abrir la posibilidad del financiamiento externo de las empresas argentinas para inversión, mientras que la medida cierra esta posibilidad (y con ella las perspectivas de crecimiento económico en el mediano plazo) por unos pocos dólares de ahorro.

Los resultados posteriores al anuncio fueron los esperables: continúa el drenaje de reservas y la brecha cambiaria se incrementó. Todo es consecuencia de que las medidas no resuelven los problemas de fondo: no atacan el déficit a la vez que acrecientan la desconfianza.

A esto se suma que, en la medida que la crisis de confianza alcance a las colocaciones en dólares, los ahorristas podrían reanudar el retiro de depósitos en dólares. Si bien no hay riesgo sistémico ya que las entidades financieras gozan de gran liquidez, el miedo se explica por el riesgo que ante la escasez de dólares el estado decida utilizar los encajes depositados en el BCRA, lo que sería un grave error. Ahora bien, el retiro de depósitos hace caer las reservas, lo cual seguramente profundizaría la desconfianza.

Argentina está presa en una historia de compulsión al déficit fiscal. Cuando los mismos se financian con endeudamiento terminamos en crisis de deuda y un récord de reestructuraciones soberanas. Ahora, cuando se recurrió al financiamiento vía emisión monetaria, el default se lo realiza a otros acreedores: los tenedores de pesos vía inflación. Esto llevó a otro récord, que en los últimos 70 años el país promedie una inflación del 65% anual. Tratar de resolver un problema fiscal con medidas cambiarias pueden resultar un paliativo para desacelerar temporalmente la pérdida de reservas, pero siempre terminan fracasando.

Para revertir la historia es necesario recuperar la demanda de activos en pesos pérdida hace décadas, lo que no se obtiene por imposición. Se logrará en la medida que baje la percepción de que poseer pesos es exponerse a una nueva estafa que siempre está por venir. Si bien no hay duda de que existen presiones inflacionarias de corto plazo por recomposición de precios relativos, la inflación es netamente consecuencia de una emisión de pesos superior a la que el mercado está dispuesto a demandar. Reducir esta emisión demanda la reducción del déficit fiscal. Se pueden argumentar un sinfín de justificaciones y necesidades que explique esta imposibilidad, pero lo que está claro es que sin financiamiento no se puede tener déficit y cuándo se lo intenta la economía termina indefectiblemente ajustando. La restricción presupuestaria no responde a ideologías. Es inviolable como la ley de la gravedad: podemos tener una ilusión de estar eludiéndola cuando saltamos, pero indefectiblemente terminamos golpeando contra el piso.

Con inflación resultará imposible el desarrollo de un mercado doméstico de capitales que permita financiar la inversión, sin inversión resultara imposible lograr el proceso de crecimiento económico sostenible, sin crecimiento la marginación y la pobreza nos continuaran interpelando como sociedad.

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