Una investigación sobre Florencio Escardó, el pediatra que se oponía a los castigos

En los años sesenta, en la biblioteca de cualquier familia de clase media con ambiciones intelectuales podían encontrarse los tomos de Escuela para Padres que Eva Giberti había convertido en libros después de desplegar junto a Florencio Escardó su tarea pedagógica y científica en las aulas, los hospitales y las columnas de opinión de los…

Una investigación sobre Florencio Escardó, el pediatra que se oponía a los castigos

En los años sesenta, en la biblioteca de cualquier familia de clase media con ambiciones intelectuales podían encontrarse los tomos de Escuela para Padres que Eva Giberti había convertido en libros después de desplegar junto a Florencio Escardó su tarea pedagógica y científica en las aulas, los hospitales y las columnas de opinión de los medios gráficos. Estos textos no deben identificarse únicamente como manuales de crianza. Formaban parte de cierto capital cultural al que padres modernos, interpelados por la joven psicóloga y el médico pediatra que ofrecían en la televisión su conocimiento profesional como una nueva ilustración, querían acceder bajo la premisa de entregar también un saber sobre su singularidad familiar.

La publicación de La medicalización de la infancia. Florencio Escardó y la Nueva Pediatría en Buenos Aires (Editorial Biblos) de la historiadora Cecilia Rusteyburu permite pensar la puericultura y el desarrollo de una medicina psicosomática que Escardó supo reelaborar en su consultorio, en la Sala XVII del Hospital de Niños, en sus intervenciones en los medios de comunicación y en la reescritura de sus libros académicos, como un amplio dispositivo instrumental y teórico donde el pediatra incluía procedimientos que pertenecían al campo de la sociología, la antropología y la psicología para instalarlos en el espacio del hogar. La medicalización de la infancia era también una profesionalización de la crianza.

–Los planteos de Florencio Escardó convierten la crianza en una tarea que parece necesitar un estado de supervisión permanente ¿El disciplinamiento de los padres era una condición necesaria para humanizar a los niños?

–El concepto de medicalización de la crianza y de la infancia refiere a cómo la medicina se convirtió en un saber válido para intervenir sobre cuestiones vinculadas a la educación de los niños y las relaciones familiares. Se trata de un fenómeno en el que los médicos y las instituciones de salud no fueron protagonistas únicos. Las revistas femeninas, los periódicos y los programas de radio y televisión se comprometieron en la divulgación de esos saberes. También se sumaron sindicatos, escuelas y organizaciones religiosas. Las columnas de Escardó en las revistas El Hogar y Vea y Lea, o las de Eva Giberti en el diario La Razón, ofrecían indicaciones precisas respecto de los comportamientos que debían adoptar las madres, pero no deberíamos suponer una imitación lineal por parte de las lectoras.

“No le haga esto a sus hijos” se llamaba la columna de Escardó en Vea y Lea en la década de 1940.

–Pero ese nivel de intervención tan detallista ¿No limitaba las interpretaciones y exigía una aplicación sin mucho lugar para la crítica?

–Desde la década de 1950, la Nueva Pediatría que proponía Escardó suponía una nueva manera de interpretar ciertas enfermedades. Recuperaba ideas de la medicina psicosomática, pero también de la sociología funcionalista y de la psicología, para definirlas como enfermedades de familia. Entendía que eran los síntomas de un ordenamiento disfuncional, en la que los miembros de la familia no cumplían con los roles esperados. La presencia de una madre sobreprotectora, o de un padre hostil o negligente, se convertían en un asunto del pediatra porque su objeto de intervención no era una enfermedad, ni un paciente aislado, sino la relación del niño con su familia. Pensemos que estos consejos interactuaban con la reducción de la natalidad y con la reincorporación de las mujeres al mercado laboral. Su presencia en los medios de comunicación o la publicación de sus libros sobre crianza no tenían solo un sentido pedagógico sino que eran un medio para prevenir enfermedades. Si el pediatra desde el consultorio era quien debía orientar el flujo de afecto al interior del hogar, era también el profesional indicado para explicar cómo se debía educar a los hijos. La potencialidad de la noción de enfermedades de familia podría pensarse en su capacidad para tramar el soma con la psiquis, al mismo tiempo que a la medicina con la sociología y la psicología, y al pediatra con el proceso de transformación de las relaciones familiares. También entendía que había que modificar la enseñanza de la profesión. En la Segunda Cátedra de Pediatría de la Facultad de Medicina de la UBA, Escardó privilegiaba este enfoque y las prácticas en el Hospital y en el Centro de Desarrollo Integral para la Comunidad en la Isla Maciel adquirieron un papel fundamental para entender al niño en su medio.

– ¿El elemento más revolucionario en la pediatría que propone Escardó aparece cuando desplaza la noción de buen comportamiento, que está sustentada en una idea de obediencia, por la tarea de crear las condiciones para que ese niño pueda desarrollar su propia personalidad?

–La columna de Escardó en Vea y Lea en la década de 1940, “No le haga esto a sus hijos“ podría leerse como un manifiesto en este sentido. Sin embargo, sería injusto atribuírselo solo a él. Se inscribe en un movimiento pedagógico internacional que recuperaba algunos saberes de la psicología infantil y del psicoanálisis para reivindicar una transformación de la disciplina y la didáctica escolar, y denunciar los efectos de los castigos para la salud psíquica de los niños. El aporte de Escardó resulta relevante si lo relacionamos con su compromiso de trasladarlo al hospital. Escardó denunciaba el carácter traumático de las extracciones de las amígdalas sin anestesia, el uso de sondas y otros procedimientos invasivos. Junto con Eva Giberti, publicaron Hospitalismo en 1964 donde resignificaban la teoría del apego de John Bowlby para definir como aberración el aislamiento al que eran sometidos los niños durante la internación. Advertían que la presencia permanente de las madres en la sala favorecía su recuperación, y en la Sala XVII la permitieron. Esta decisión también podría leerse como revolucionaria. En la década de 1960, había mujeres de los sectores populares que convivían y se entrometían en las tareas de los profesionales. Una de las editoriales de la revista del Hospital de Niños visibilizó las quejas de los médicos y ofrecía ideas para disciplinarlas.

–La relación que Escardó tiene con los espacios institucionales es de transformación y experimentación de sus ideas. Lo que en el espacio familiar podía verse como normalización, en el espacio estatal parece lograr una dimensión más política y crítica.

–En sus inicios, en sus artículos científicos referidos a la puericultura, editó Siluetas descoloridas donde denunciaba los tratos deshumanizados en la Casa Cuna. Tanto durante el peronismo como en los gobiernos posteriores, adoptó posicionamientos críticos de las políticas de salud estatales. Aunque esto no significa que resultara ajeno al diseño de esas políticas porque, como ha demostrado la historiadora Karina Ramacciotti, estas críticas incidieron en las decisiones del ministro de Salud Ramón Carrillo. Tenemos que pensar el carácter revolucionario de la propuesta en relación con la década de 1960. Las historiadoras han matizado la radicalidad de este proceso respecto de los cambios en las costumbres familiares llamándolo revolución estancada o revolución discreta. Por supuesto que tanto el psicoanálisis como la Nueva Pediatría ofrecían críticas a ciertos valores tradicionales y legitimaban que las mujeres adoptaran nuevos roles en el espacio público pero continuaron pensando a la pareja heterosexual como el reaseguro de la salud psíquica de los hijos.